El adoctrinamiento es la transmisión de creencias de forma que quien las recibe no pueda examinarlas, ponerlas en duda ni abandonarlas. Lo que se enseña puede ser una religión, una ideología política, una teoría económica o incluso una lectura de la historia; lo que convierte esa enseñanza en adoctrinamiento no es el contenido, sino el modo. Educar consiste en dar razones y en enseñar a pedirlas; adoctrinar consiste en implantar conclusiones y en cerrar el camino de vuelta. La palabra viene de doctrina, el conjunto de enseñanzas de una escuela o de una iglesia, y durante siglos no tuvo sentido negativo: adoctrinar era simplemente instruir en la doctrina. El sentido actual, peyorativo, se consolidó en el siglo XX, cuando los regímenes totalitarios mostraron hasta dónde podía llegar una escuela puesta al servicio del Estado.
La discusión más cuidadosa sobre el concepto la ha hecho la filosofía de la educación, en especial en el mundo anglosajón a partir de los años sesenta. Los autores reunidos por Ivan Snook en Concepts of Indoctrination (1972) propusieron cuatro criterios para reconocerlo, y la discusión posterior sigue girando sobre ellos. El criterio del contenido dice que se adoctrina cuando se enseñan como ciertas doctrinas que no pueden demostrarse, como los dogmas de una fe o los principios de un partido. El criterio del método mira cómo se enseña: por repetición, por autoridad, por miedo o por recompensa, sin argumentos que el alumno pueda sopesar. El criterio de la intención sostiene que el adoctrinador es quien quiere que el alumno crea algo con independencia de las pruebas, y es el que defendió el propio Snook. El criterio del resultado, por último, se fija en lo que queda en la persona: una mente cerrada, incapaz de revisar lo aprendido cuando aparecen razones en contra.
Ninguno de los cuatro basta por sí solo. Un profesor de matemáticas que hace repetir las tablas de multiplicar usa un método mecánico, pero nadie diría que adoctrina, porque el alumno podrá comprobar más tarde que siete por ocho son cincuenta y seis. Un profesor de ética puede exponer sus convicciones sin adoctrinar, si muestra las objeciones y deja al alumno la última palabra. Por eso Harvey Siegel, en Educating Reason (1988), desplazó la cuestión hacia el fin de la educación: formar personas capaces de pensar de forma crítica, es decir, de creer y de actuar por razones que ellas mismas han evaluado. Desde ese punto de vista, adoctrinar es enseñar algo de manera que impida esa capacidad, y lo contrario del adoctrinamiento no es la neutralidad, sino la racionalidad. Rebecca Taylor ha añadido que la amenaza no depende solo de un profesor, sino del sistema entero en que vive el alumno: una escuela, una familia y unos medios que repiten lo mismo y castigan la duda pueden adoctrinar aunque cada pieza, por separado, parezca inocente.
El problema de fondo es que toda educación empieza antes de que el niño pueda razonar. Se le enseña a no mentir, a compartir, a respetar a los demás, mucho antes de que pueda entender por qué. Algunos autores concluyeron que la educación moral temprana es inevitablemente adoctrinadora. David Copp ha respondido que la diferencia está en la dirección del proceso: la educación moral inicial se justifica porque prepara al niño para examinar más tarde, con sus propias herramientas, lo que se le enseñó, mientras que el adoctrinamiento busca que ese examen nunca llegue. El padre que enseña a su hijo a ser honrado espera que algún día entienda la honradez; el adoctrinador espera que nunca pregunte.
Conviene distinguir el adoctrinamiento de dos vecinos. La propaganda, tal como la describió Jacques Ellul, se dirige a masas adultas a través de los medios, busca la adhesión inmediata y usa la emoción antes que la doctrina; el adoctrinamiento, en cambio, trabaja sobre personas en formación, en instituciones y a largo plazo, y la propaganda suele ser uno de sus instrumentos. El lavado de cerebro o reforma del pensamiento, que Robert Lifton estudió en los prisioneros de la China maoísta, añade el aislamiento, la coacción física y la confesión forzada; es el extremo del espectro, y lo que lo separa del adoctrinamiento corriente es el grado de control sobre la vida entera de la persona.
Los ejemplos históricos más claros vienen de los regímenes totalitarios, que Hannah Arendt describió como sistemas que no se conforman con la obediencia y exigen la convicción. La Alemania nazi reescribió los libros de texto, expulsó a los maestros judíos y de izquierdas y encuadró a los niños en las Juventudes Hitlerianas; la Unión Soviética enseñó el marxismo-leninismo como ciencia en todos los niveles, de la escuela primaria a la universidad; la España franquista impuso la Formación del Espíritu Nacional y la religión católica como asignaturas obligatorias y pasó a los maestros por procesos de depuración. En los tres casos la escuela, los movimientos juveniles y los medios decían lo mismo y la discrepancia tenía un precio, que es justo lo que describe el enfoque sistémico de Taylor.
En las democracias la acusación de adoctrinamiento se dirige sobre todo a la educación religiosa confesional, a las asignaturas de educación cívica o en valores y, más recientemente, a la manera de tratar en clase la historia nacional, el género o el cambio climático. La discusión suele mezclar dos cosas: si el contenido es controvertido y si la enseñanza admite el desacuerdo. La Convención sobre los Derechos del Niño ofrece un criterio útil cuando reconoce al niño la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión y fija como fin de la educación el desarrollo de su personalidad y el respeto a los derechos humanos; una enseñanza que presenta una cuestión abierta como cerrada, o que penaliza al alumno que discrepa, cruza la línea, cualquiera que sea el bando. Para un docente, la prueba práctica es sencilla de formular y difícil de aplicar: si un alumno rebatiera con buenas razones lo que acabo de enseñar, ¿lo consideraría un éxito o un fracaso de mi clase?
Totalitarismo – Currículo oculto (currículum oculto) – Escuela laica (educación laica) – Ideología – Órgano de propaganda – Paulo Freire y la pedagogía del oprimido
Fuentes
- I. A. SnookIndoctrination and EducationRoutledge & Kegan Paul, Londres1972
- I. A. Snook (ed.)Concepts of Indoctrination: Philosophical EssaysRoutledge & Kegan Paul, Londres1972
- Harvey SiegelEducating Reason: Rationality, Critical Thinking and EducationRoutledge, Nueva York1988
- Eamonn Callan y Dylan ArenaIndoctrinationEn Harvey Siegel (ed.), The Oxford Handbook of Philosophy of Education, Oxford University Press2009
- Rebecca M. TaylorIndoctrination and Social Context: A System-based Approach to Identifying the Threat of Indoctrination and the Responsibilities of EducatorsJournal of Philosophy of Education 51 (1), 38-582017enlace
- David CoppMoral education versus indoctrinationTheory and Research in Education 14 (2), 149-1672016enlace
- Robert Jay LiftonThought Reform and the Psychology of Totalism: A Study of Brainwashing in ChinaW. W. Norton, Nueva York1961
- Hannah ArendtLos orígenes del totalitarismoHarcourt, Nueva York (trad. Taurus, Madrid, 1974)1951
- Jacques EllulPropagandesArmand Colin, París1962
- Naciones UnidasConvención sobre los Derechos del Niño, arts. 13, 14 y 29Asamblea General, resolución 44/251989