Una comunidad urbana es el conjunto de personas que viven y trabajan en una ciudad o en una parte de ella, como un barrio, y que comparten un espacio, unos servicios, unos problemas y, a veces, una identidad. El concepto se usa en dos sentidos. En sentido amplio, designa a toda la población de un área urbana como unidad social. En sentido estricto, se reserva para los grupos urbanos en los que existen vínculos reales de pertenencia, relación y acción común, como un barrio con vida asociativa, sus fiestas y sus redes de vecinos (ver comunidad).
La sociología nació en buena parte preguntándose qué le ocurría a la comunidad al trasladarse a la ciudad. Ferdinand Tönnies opuso en 1887 la comunidad (Gemeinschaft), basada en lazos personales, de parentesco y de vecindad, propia de la aldea, a la sociedad (Gesellschaft), basada en relaciones impersonales, contractuales e interesadas, propia de la gran ciudad moderna. Georg Simmel describió en 1903 la actitud del habitante de la metrópoli: una reserva y una indiferencia que le protegen de la sobrecarga de estímulos. Louis Wirth, de la Escuela de Chicago, resumió en 1938 la vida urbana en tres rasgos, tamaño, densidad y heterogeneidad, que producirían relaciones superficiales, segmentadas y anónimas, debilitamiento de los lazos familiares y anomia.
Frente a la comunidad rural, la urbana se caracteriza, según esa tradición, por su mayor tamaño, que hace imposible que todos se conozcan; por una división del trabajo y una diversidad de ocupaciones mucho mayores; por una estratificación social más marcada y visible en el espacio, con barrios ricos y pobres; y por un control social más débil e informal. A cambio ofrece más libertad individual y más oportunidades. Un proverbio medieval alemán lo resumía: «el aire de la ciudad hace libre».
Las investigaciones posteriores matizaron esa visión pesimista. Herbert Gans, en Los aldeanos urbanos (1962), estudió un barrio italoamericano de Boston y encontró redes de parentesco y vecindad tan densas como las de cualquier pueblo. Jane Jacobs defendió en 1961 que las calles con usos mezclados y gente a todas horas crean «ojos en la calle», una forma de comunidad y de seguridad informal. Los sociólogos de redes, como Barry Wellman, mostraron que los habitantes de las ciudades no han perdido la comunidad, sino que la han dispersado: sus amigos y familiares no viven en el mismo barrio, pero siguen en contacto. La comunidad urbana, en este sentido, es menos territorial y más elegida.
Hoy más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, y Naciones Unidas prevé que serán cerca de dos tercios en 2050; en España la proporción supera el 80 %. Las cuestiones que más ocupan a los estudios sobre comunidades urbanas son la segregación residencial, la gentrificación, que expulsa a los vecinos de rentas bajas de los barrios céntricos que se revalorizan, el impacto del alquiler turístico sobre la vida de barrio y el papel de las asociaciones vecinales, que en las ciudades españolas de los años setenta fueron uno de los principales movimientos sociales de la transición.
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