El terraplanismo es la creencia de que la Tierra es plana y no esférica. En la Antigüedad fue una opinión corriente; hoy es una tesis completamente descartada por la ciencia y su defensa se considera pseudocientífica. Interesa a la filosofía menos por su contenido, que no resiste ninguna comprobación, que por lo que revela sobre cómo se forman y se defienden las creencias.
Varios filósofos presocráticos imaginaron una Tierra plana o en forma de disco. Tales de Mileto la hacía flotar sobre el agua como un tronco; Anaxímenes la suponía plana y sostenida por el aire; Anaxágoras y Demócrito también la describieron plana. La idea de una Tierra esférica aparece en el siglo V a. C. en el entorno de Pitágoras y de Parménides, probablemente más por razones de armonía geométrica que por observación. Fue Aristóteles quien, en Acerca del cielo (hacia 350 a. C.), reunió los argumentos empíricos: la sombra que la Tierra proyecta sobre la Luna en los eclipses es siempre circular, y al viajar hacia el norte o el sur aparecen y desaparecen estrellas en el horizonte, lo que solo se explica si la superficie es curva. Un siglo después, Eratóstenes calculó la circunferencia terrestre comparando la sombra del sol en Siena y en Alejandría, con un resultado notablemente próximo al real (ver Eratóstenes y la medida de la Tierra).
Desde entonces la esfericidad fue doctrina común entre los sabios, también en la Edad Media. La idea de que los europeos medievales creían en una Tierra plana, y de que Colón tuvo que convencerles de lo contrario, es un mito del siglo XIX difundido, entre otros, por la biografía novelada de Colón que publicó Washington Irving en 1828. Lo que se discutía en tiempos de Colón era el tamaño de la Tierra, y en eso sus críticos tenían razón: Colón la creía mucho más pequeña de lo que es.
El terraplanismo moderno nace en Inglaterra con Samuel Rowbotham, que en 1849 publicó bajo seudónimo Astronomía zetética y sostuvo que la Tierra es un disco con el polo norte en el centro y un muro de hielo, la Antártida, en el borde. Su método, el «zetético», consistía en no aceptar nada que no pudiera comprobarse con los propios sentidos. En 1956 Samuel Shenton fundó la Flat Earth Society, que tuvo una existencia marginal hasta que, a partir de 2014, los vídeos de YouTube y las redes sociales le dieron una difusión que nunca había tenido.
Para la filosofía del conocimiento, el terraplanismo actual es un caso de estudio de razonamiento conspirativo. Ninguna prueba puede refutarlo, porque cada prueba en contra (fotografías desde el espacio, vuelos alrededor del mundo, el GPS) se reinterpreta como parte de un engaño organizado por gobiernos y agencias espaciales. Esa inmunidad a la refutación es, según el criterio de Karl Popper, justamente lo que distingue una creencia no científica. Además, lleva al extremo la desconfianza hacia el testimonio: casi todo lo que cualquier persona sabe sobre la forma de la Tierra lo sabe porque confía en otros, y el terraplanista solo acepta lo que ve desde su ventana. Junto a estas formas modernas existen pueblos cuyas cosmologías tradicionales describen una tierra plana como parte de su mitología, un fenómeno de otra naturaleza que no pretende competir con la astronomía.