El manierismo es la corriente del arte europeo que ocupa el espacio entre el alto Renacimiento y el barroco, aproximadamente entre 1520 y 1600. Su nombre viene de maniera, la palabra con la que Giorgio Vasari designó en las Vite (1550, segunda edición 1568) el modo personal de hacer de cada artista: para Vasari, que admiraba a Miguel Ángel, la maniera moderna era la cumbre del arte. La historia del término invierte ese juicio: en los siglos XVIII y XIX «manierismo» fue un insulto, la etiqueta de un arte afectado y decadente que habría corrompido el equilibrio clásico, y no recuperó su estatuto de estilo propio hasta que Wölfflin lo separó del barroco en 1888 y Dvořák reivindicó al Greco en 1921. Que un mismo corpus de obras pasara de ideal a aberración y de ahí a estilo coherente es en sí mismo una lección sobre cuánto depende la crítica del gusto de cada época.
Los rasgos formales son reconocibles en cualquier sala: cuerpos alargados que abandonan el canon de proporciones clásico, figuras en espiral (la figura serpentinata que preconizaba el tratadista Giovanni Paolo Lomazzo), composiciones inestables que rehúsan el centro, espacios ambiguos donde la perspectiva se usa contra la claridad, paletas de colores ácidos e imposibles (rosas, verdes, naranjas de alquimista) y una complacencia deliberada en la dificultad. El pintor manierista no quiere que la solución parezca inevitable, como en Rafael; quiere que se note que solo él podía resolverla así. La gracia medida del clasicismo cede ante la elegancia ostentosa, y la imitación de la naturaleza ante la cita erudita de otros artistas: el manierismo es, entre otras cosas, el primer arte para pintores.

La explicación histórica tradicional hace nacer el manierismo de la conmoción: el saco de Roma de 1527 por las tropas de Carlos V habría roto la confianza de una generación en el optimismo humanista, y el arte se habría refugiado en la interioridad y el artificio. La cronología no acompaña del todo: Pontormo y Rosso Fiorentino pintaban ya en clave anticlasica antes de 1527, y el manierismo triunfó después en las cortes más seguras de sí mismas, de los Médici a Fontainebleau. Una lectura más sociológica lo entiende como arte de corte y de mercado especializado: cuando el cliente es un coleccionista erudito y no una cofradía, lo que se premia es la dificultad visible y la rareza, no la claridad devocional. El genio individual, no la regla, pasa a ser el producto.

El manierismo no fue solo pintura. En arquitectura es el juego contra las reglas: Giulio Romano hace resbalar los triglifos en el Palazzo del Té de Mantua (1527-1534) como si el edificio se viniera abajo a cámara lenta, una broma dirigida a quien conoce el tratado lo bastante para notar la transgresión. En música es el madrigal cromático de Gesualdo o de Marenzio, donde la palabra pintada dobla la sintaxis; en literatura, la sintaxis torcida de un Góngora o los epigramas de un Marino. Y en escultura es el Rapto de la sabina de Giambologna (1583), pensado para no tener un punto de vista principal y obligar al espectador a rodearlo.

Lo que el barroco heredó del manierismo fue su energía, pero resuelta: donde el manierista tensa y no cierra, el barroco tensa y descarga. Lo que la historia del arte le debe es una advertencia metodológica: los nombres de los períodos no son descripciones neutrales sino sentencias del gusto, y «manierismo» sigue siendo útil hoy fuera del arte precisamente como nombre de cualquier estilo que privilegia el virtuosismo sobre la sustancia.
Renacimiento – Canon de proporciones – Perspectiva (arte)
Fuentes
- Giorgio VasariLe vite de' più eccellenti pittori, scultori e architettoriGiuntina1568
- Heinrich WölfflinRenaissance und BarockAckermann1888
- Max DvořákÜber Greco und den ManierismusJahrbuch für Kunstgeschichte1921
- John ShearmanMannerismPenguin1967