Los paradigmas críticos son la familia de enfoques de investigación social que parten de que el conocimiento no es neutral, que las sociedades están atravesadas por relaciones de poder y que investigar debe servir para entenderlas y para cambiarlas. Frente al paradigma positivista, que busca explicar y predecir, y al interpretativo, que busca comprender el sentido que los actores dan a lo que hacen, el investigador crítico se pregunta a quién beneficia el orden que estudia y qué haría falta para que las personas sometidas a él pudieran emanciparse. El nombre, en plural, reconoce que no hay un solo paradigma crítico sino varias corrientes con un aire de familia: la teoría crítica europea, la pedagogía y la investigación participativa latinoamericanas, las epistemologías feministas, los estudios poscoloniales y decoloniales, y lo que en los manuales de metodología en castellano se llama paradigma sociocrítico.
El tronco es la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort. Max Horkheimer distinguió en 1937 la teoría tradicional, que describe el mundo como si el científico estuviera fuera de él, de la teoría crítica, que sabe que el conocimiento es un producto social y que su finalidad no es reproducir la sociedad sino transformarla en una más racional y más justa. El marxismo era su punto de partida, pero los francfortianos, que habían visto fracasar la revolución y triunfar el fascismo, añadieron el psicoanálisis y la crítica de la cultura, y en Dialéctica de la Ilustración (1947) Horkheimer y Adorno llegaron a sospechar de la propia razón instrumental, la que domina la naturaleza y acaba dominando a las personas. Jürgen Habermas, en la segunda generación, dio a la corriente su epistemología en Conocimiento e interés (1968): hay tres intereses que guían el conocimiento, el técnico de las ciencias empírico-analíticas, que quieren controlar; el práctico de las ciencias histórico-hermenéuticas, que quieren entender; y el emancipatorio de las ciencias críticas, que quieren liberar de las coacciones que se presentan como naturales. La triada es la que organiza casi todos los manuales de paradigmas de investigación desde entonces.
En América Latina la crítica tomó la forma de una práctica. Paulo Freire planteó en Pedagogía del oprimido (1970) que la educación bancaria, la que deposita contenidos en el alumno, reproduce la opresión, y que la alternativa es un diálogo que parte de la realidad de los educandos y los lleva a la concientización, a leer su mundo para transformarlo. Orlando Fals Borda, en Colombia, convirtió esa idea en método con la investigación-acción participativa, en la que las comunidades investigan sus propios problemas con el acompañamiento del científico social, producen conocimiento válido y lo devuelven en forma que les sirva. Wilfred Carr y Stephen Kemmis, en Australia, aplicaron a la educación la triada de Habermas y defendieron la investigación-acción emancipadora, en la que los profesores investigan su práctica para cambiar tanto el aula como las condiciones institucionales que la limitan.
Las epistemologías feministas llegaron en los años ochenta con una pregunta parecida desde otro lugar: qué sabe la ciencia cuando la han hecho casi solo hombres sobre un mundo que trataba a las mujeres como objeto. Sandra Harding propuso la teoría del punto de vista: las posiciones subordinadas ven cosas que las dominantes no ven, y una ciencia que parte de la vida de las mujeres es más objetiva, no menos, porque hace visibles supuestos que la ciencia tradicional daba por naturales. Patti Lather formuló en 1986 la validez catalítica, el criterio por el que una investigación crítica se juzga también por el grado en que ayudó a los participantes a entender y a cambiar su situación. Y desde los años noventa los estudios poscoloniales y decoloniales, con Boaventura de Sousa Santos y su epistemología del Sur entre los más leídos en castellano, han extendido la crítica al propio canon del conocimiento: lo que la ciencia occidental ha tratado como ignorancia o folclore son saberes que fueron excluidos, y la investigación debe practicar una «ecología de saberes» que los reconozca.
Egon Guba e Yvonna Lincoln resumieron en 1994 lo que estas corrientes comparten en los tres planos en que se compara un paradigma. En la ontología, un realismo histórico: la realidad social existe, pero ha sido moldeada por fuerzas sociales, políticas, económicas, étnicas y de género hasta cristalizar en estructuras que se toman por naturales. En la epistemología, una relación transaccional y subjetiva entre investigador e investigado, mediada por valores que se declaran en lugar de esconderse. En la metodología, el diálogo y la dialéctica: se investiga con las personas y no sobre ellas, para sacar a la luz las falsas conciencias y transformar las estructuras. De ahí los métodos preferidos: la investigación-acción participativa, la etnografía crítica, el análisis crítico del discurso, las historias de vida, y también, cuando sirven, los datos cuantitativos sobre desigualdad, que la tradición marxista nunca despreció.
El paradigma tiene críticos, y las objeciones son conocidas. La primera es la del partidismo: si el investigador sabe de antemano quién es el oprimido y qué es la emancipación, el resultado está decidido antes de empezar, y la investigación se convierte en militancia con notas al pie. La segunda es la del paternalismo: hablar de falsa conciencia supone que el investigador ve más claro que los propios sujetos, lo que contradice la igualdad que se proclama. La tercera es la de la validez: sin criterios como la replicabilidad, qué distingue un buen estudio crítico de uno malo. Las respuestas, de Lather a Kincheloe y McLaren, han consistido en hacer explícitos criterios propios, la reflexividad del investigador, la transparencia sobre los valores, la validez catalítica y el juicio de los participantes, y en recordar que el investigador que se cree neutral también tiene valores, solo que no los ha examinado.
Para quien plantea un trabajo desde esta perspectiva, el paradigma se reconoce en tres decisiones: el problema se elige por su relevancia para un grupo subordinado y a ser posible con él; el diseño incluye a los participantes en la definición de las preguntas, la recogida de datos o la interpretación; y el informe no termina con las conclusiones sino con lo que cambió o podría cambiar. Un estudio sobre el abandono escolar en un barrio pobre puede hacerse desde los tres paradigmas: el positivista medirá qué variables lo predicen, el interpretativo contará cómo lo viven los alumnos, y el crítico preguntará qué estructuras lo producen y trabajará con las familias para desmontarlas.
Paradigma socio-crítico – La investigación-acción – Paulo Freire y la pedagogía del oprimido – Paradigma dialéctico – Paradigma de investigación – Paradigma dominante (paradigma prevaleciente) – Paradigma alternativo – Hegemonía política (Antonio Gramsci)
Fuentes
- Max HorkheimerTeoría tradicional y teoría críticaZeitschrift für Sozialforschung 6 (2), 245-294 (trad. Paidós, Barcelona, 2000)1937
- Jürgen HabermasConocimiento e interésSuhrkamp, Fráncfort (trad. Taurus, Madrid, 1982)1968
- Paulo FreirePedagogía del oprimidoTierra Nueva, Montevideo1970
- Orlando Fals BordaConocimiento y poder popular: lecciones con campesinos de Nicaragua, México y ColombiaSiglo XXI, Bogotá1985
- Wilfred Carr y Stephen KemmisTeoría crítica de la enseñanza: la investigación-acción en la formación del profesoradoFalmer Press, Londres (trad. Martínez Roca, Barcelona, 1988)1986
- Patti LatherResearch as praxisHarvard Educational Review 56 (3), 257-2771986enlace
- Sandra HardingWhose Science? Whose Knowledge? Thinking from Women's LivesCornell University Press, Ithaca1991
- Egon G. Guba e Yvonna S. LincolnCompeting paradigms in qualitative researchEn Norman K. Denzin e Yvonna S. Lincoln (eds.), Handbook of Qualitative Research, Sage, Thousand Oaks, 105-1171994
- Boaventura de Sousa SantosUna epistemología del Sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación socialSiglo XXI y CLACSO, México2009