La romanización es el proceso histórico de la asimilación de las estructuras y formas políticas, económicas, sociales y culturales de la Antigua Roma por parte de los pueblos que fueron conquistados por los romanos o estuvieron en contacto con ellos, dando como resultado la aculturación de dichos pueblos.
En la península ibérica el proceso empezó con una guerra que no tenía a los hispanos como objetivo. En el año 218 a. C., al comienzo de la segunda guerra púnica, un ejército romano desembarcó en Ampurias, el antiguo emporion griego del golfo de Rosas, para cortar a Aníbal el camino de los refuerzos. Derrotada Cartago, Roma se quedó. La conquista del resto del territorio llevó casi dos siglos, con episodios largos y sangrientos como las guerras celtibéricas y lusitanas, y no terminó hasta el año 19 a. C., cuando las tropas de Augusto sometieron a cántabros y astures.
Nadie planificó la romanización como un programa. Fue el resultado acumulado de muchos mecanismos que actuaban a la vez. El ejército era uno: sus legiones reclutaban tropas auxiliares locales que al licenciarse recibían la ciudadanía, y sus campamentos atraían comerciantes y acababan convertidos en ciudades, como León, cuyo nombre viene de legio. Otro fueron las colonias de veteranos, como Emerita Augusta, la actual Mérida, fundada hacia el 25 a. C. para los licenciados de las guerras cántabras. Un tercero fue la red de calzadas, que unió la península con Italia y permitió mover tropas, mercancías y noticias. Y otro, quizá el más duradero, el latín, que empezó siendo la lengua de la administración y del comercio y acabó siendo la de todos.

La ciudad fue el instrumento principal. Roma gobernaba a través de comunidades urbanas que se administraban a sí mismas con magistrados, un senado local y leyes escritas, y promovió la conversión de los poblados indígenas en municipios de ese tipo. Sus élites tenían todos los incentivos para hacerse romanas: el cargo de magistrado local daba la ciudadanía, y con ella acceso a la política y a los negocios del imperio. Hacia el año 74, el emperador Vespasiano concedió el derecho latino a toda Hispania, lo que permitió a decenas de ciudades convertirse en municipios. Las leyes municipales de Irni, Malaca y Salpensa, conservadas en tablas de bronce, muestran con qué detalle se regulaban sus elecciones, sus finanzas y sus juicios.
La transformación no fue instantánea ni uniforme, y las fuentes arqueológicas lo dejan ver. En Botorrita, cerca de Zaragoza, la antigua ciudad celtíbera de Contrebia Belaisca, aparecieron cuatro placas de bronce de comienzos del siglo I a. C. Tres están escritas en lengua celtibérica, con la escritura ibérica; la cuarta, en latín y fechada en el 87 a. C., recoge la sentencia que dictó el senado de Contrebia, por encargo del gobernador romano, en un pleito entre dos comunidades vecinas por la construcción de un canal, redactada con las fórmulas del derecho romano. Lenguas locales y derecho romano convivían en la misma ciudad y en la misma generación.

Con el tiempo, Hispania se volvió una de las provincias más romanizadas del imperio. De ella salieron escritores como Séneca, Lucano, Marcial y Quintiliano, y los emperadores Trajano, nacido en Itálica, y Adriano, cuya familia procedía de la misma ciudad. Las villas rurales de los siglos III y IV, con sus mosaicos, son la imagen de una aristocracia provincial que vivía como la de Italia.

La palabra romanización la popularizó a comienzos del siglo XX el historiador británico Francis Haverfield, que la aplicó a Britania con una idea implícita: los provinciales se habrían civilizado al contacto con una cultura superior. Desde los años noventa muchos historiadores la han criticado por esa carga. Martin Millett subrayó que eran las élites locales las que adoptaban lo romano por interés propio, y Greg Woolf mostró que la cultura provincial resultante era una creación nueva, ni romana ni indígena del todo. Hoy se prefiere hablar de interacción o de hibridación, pero el término sigue usándose para describir el resultado: un mundo en el que, en el siglo IV, un habitante de Mérida y uno de Colonia se sentían parte de la misma civilización.
Aculturación – Emporion – Municipalismo – Imperio
Fuentes
- Francis HaverfieldThe Romanization of Roman BritainClarendon Press, Oxford1912
- Simon J. KeayRoman SpainBritish Museum Publications, Londres1988
- Martin MillettThe Romanization of Britain: An Essay in Archaeological InterpretationCambridge University Press, Cambridge1990
- Greg WoolfBecoming Roman: The Origins of Provincial Civilization in GaulCambridge University Press, Cambridge1998