Expresiones de las pasiones del alma — Conocerse: identidad, emociones y las trampas de la relación
Henri Testelin / Charles Le Brun, 1696 · CC0 · Wikimedia Commons
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Conocerse: identidad, emociones y las trampas de la relación

Lo que la psicología sabe de uno mismo, para usarlo: de dónde sale la autoestima, qué hacer con una emoción desbordada y cuándo el problema es la situación.

14 capítulos · 12,677 palabras · 64 min · cada capítulo es un artículo de la enciclopedia

Catorce conceptos que se usan a diario para hablar de uno mismo, leídos con una sola pregunta: qué hacer con cada uno. Van en tres bloques, y de cada capítulo sale una regla práctica. Aquí están juntas, para tenerlas a mano antes de entrar en el detalle.

El primer bloque trata de quién es uno y cuánto se valora. No hay un yo verdadero escondido que haya que encontrar: la identidad se construye con lo que ofrece el entorno. Por eso, en los cambios grandes, como una mudanza, una ruptura o un trabajo nuevo, toca volver a contarse la propia historia, elegir entre lo que hay y comprometerse con ello.

Uno se ve según con quién se compara. El mismo alumno, con las mismas notas, se ve peor en un colegio mejor. Cambiar el grupo con el que uno se mide cambia el autoconcepto, y suele funcionar mejor que cualquier taller de autoestima.

Subir la autoestima con mensajes no mejora las notas, el trabajo ni la conducta. Lo que funciona es rendir de verdad en algunos terrenos y dejar que la autoestima llegue después. Y es mejor moderada y estable que alta y frágil: la que sube y baja con cada éxito convierte cada examen en una amenaza a la persona entera.

Si alguien pide menos de lo que podría, antes de decirle que confíe más en sí mismo conviene mirar qué les pasó a quienes pidieron antes. A veces pedir menos es leer bien lo que el entorno castiga, y entonces lo que hay que cambiar es el entorno.

Un recuerdo vívido y sincero puede ser falso, y la forma de preguntar basta para cambiarlo. En una discusión sobre lo que pasó hace años, los dos pueden estar recordando con total sinceridad cosas distintas. La seguridad con que se recuerda algo dice mucho de quien recuerda y poco de lo que ocurrió.

El segundo bloque trata de qué hacer con una emoción. Madurar no es sentir menos, y poner cara de piedra es la estrategia con peor resultado medido. Lo que sirve depende de la intensidad.

Si la emoción es leve o moderada, funciona reinterpretar la situación: buscarle otra lectura. Si es intensa, eso ya no funciona, porque la activación ocupa la cabeza que haría falta para pensar. Entonces lo que sirve es esperar. La activación se agota sola en unos veinte minutos si no se alimenta, así que conviene interrumpir la discusión, no darle vueltas, distraerse y volver después.

Nombrar lo que se siente funciona a cualquier intensidad. Decir «estoy furioso y asustado a la vez» no resuelve nada, y aun así baja la intensidad. Funciona mejor que intentar calmarse a la fuerza.

Un miedo aprendido también se puede desaprender, y esa es la base de las terapias de las fobias. Y cuando uno quiere y no quiere a la vez dejar un trabajo, una relación o una ciudad, no le falta información: está en el punto donde lo que atrae y lo que asusta pesan lo mismo, y más datos no lo sacan de ahí. Ayuda saber de dónde viene el malestar. La distancia con lo que uno querría ser produce abatimiento; la distancia con lo que uno cree que debe ser, ansiedad y culpa. Y después de elegir, uno tiende a sobrevalorar lo elegido, algo que conviene recordar antes de seguir invirtiendo en ello.

El tercer bloque pasa a las relaciones y al trabajo, y su regla general es mirar la situación antes que a la persona. El contacto y el consuelo importan tanto como la comida, y por eso hoy los padres se quedan con sus hijos en el hospital y se hace piel con piel con los recién nacidos. El apego del primer año inclina, pero no determina: depende sobre todo de los cuidados y no de los genes, y cambia cuando cambian las circunstancias.

Cuando alguien no actúa en una situación que lo exige, conviene preguntar si la situación le deja alguna respuesta correcta. En un doble vínculo no la hay: una empresa que pide iniciativa y castiga a quien se sale de lo previsto, o que pide sinceridad y se acuerda de ella en la evaluación. Si se puede, nombrar la contradicción en voz alta la deshace. Si no se puede, el remedio no es psicológico: es cambiar la situación o salir de ella.

Sonreír por contrato es una condición de trabajo, y se negocia como la jornada o la carga: puede figurar en la valoración del puesto y en la prevención de riesgos. No es lo mismo que el esfuerzo afectivo en casa, que es real pero es otro problema.

El estrés de rol lo produce sobre todo la combinación de mucha exigencia y poco margen para decidir cómo hacer el trabajo, y se corrige en el puesto: aclarar qué se espera y con qué criterio se juzga, reducir el número de personas que piden cosas contradictorias, devolver control sobre el método y ajustar la carga. Los cursos de resiliencia tienen efectos pequeños que se disipan si el puesto no cambia. Conocerse, en este terreno, incluye saber cuándo lo que uno siente como una incapacidad propia es una imposibilidad del puesto.

Si solo hay tiempo para dos capítulos, el doble vínculo y el estrés de rol.

Capítulo 1 de 14

Identidad personal

Psicología 1119 palabras artículo suelto ↗

La identidad personal es la respuesta que cada persona da, más o menos explícita, a la pregunta de quién es: el conjunto de rasgos, pertenencias, valores y recuerdos que reconoce como propios y que le permite sentirse la misma a lo largo del tiempo y distinta de los demás. Es la base sobre la que se construyen el autoconcepto y la autoestima, y su tesis contraintuitiva, la que la investigación más repite con métodos muy distintos, es que no hay un yo verdadero que encontrar si se busca bien: la identidad se fabrica con materiales que el entorno ofrece, y saberlo no la degrada, la explica.

La filosofía había planteado el problema antes que la psicología y ya había llegado a una conclusión incómoda. John Locke fundó la identidad en la continuidad de la memoria en 1690: lo que hace que uno sea la misma persona de hace diez años es el recuerdo encadenado, no una sustancia oculta. David Hume llevó la idea hasta el final en 1739: cuando se mira dentro de sí no encuentra ningún yo, solo un haz de percepciones que se suceden, y la identidad es una ficción útil que el hábito fabrica sobre ese flujo. La psicología experimental no ha podido refutar a Hume; lo que ha hecho es describir con precisión cómo se construye la ficción.

El punto de partida psicológico es William James, en 1890. En los Principios de psicología distinguió el yo que conoce del yo conocido, el sujeto que mira y el objeto que se ve al mirarse, y repartió este último en tres componentes: el material (el cuerpo y lo que posee), el social (las relaciones y lo que piensan de uno) y el espiritual (las facultades y disposiciones). Casi toda la psicología posterior de la identidad trabaja sobre la mitad del dibujo que James dejó hecha: el yo como objeto, observable, formable.

Retrato fotográfico en blanco y negro de William James, filósofo y psicólogo estadounidense, con barba y traje oscuro
Fig. 1 William James fotografiado por Alice Boughton, hacia 1907. Su Principios de psicología (1890) separó el yo que conoce del yo conocido y repartió este último en componentes material, social y espiritual; la psicología posterior de la identidad trabaja sobre la mitad que él dejó dibujada.Notman Studios (photographer) · 1903 · Dominio público · Wikimedia Commons

Antes del relato hay un cuerpo que se reconoce, y ese reconocimiento tampoco es un dato: es una conquista del desarrollo. En la prueba del espejo, aplicada a bebés por Beulah Amsterdam en 1972, se pinta una marca en la nariz del niño sin que se dé cuenta y se le pone ante un espejo: antes de los dieciocho meses la mayoría reacciona como si el reflejo fuera otro niño, y entre los dieciocho y los veinticuatro empiezan a tocarse la propia nariz, es decir, a usar el reflejo como información sobre sí mismos. Gordon Gallup Jr. había mostrado en 1970 lo mismo en chimpancés adultos tras exponerlos al espejo, mientras los macacos no pasaban la prueba por mucho entrenamiento que recibieran. Reconocerse no es lo natural; es un logro que delimita qué especies, y qué edades, pueden tener un yo en el sentido pleno.

La psicología del desarrollo puso ese yo en el tiempo. Erik Erikson describió en 1950 la adolescencia como la etapa cuyo conflicto propio es la identidad frente a la confusión de roles, y acuñó la expresión crisis de identidad, que en su uso original no designa una catástrofe sino un punto de decisión normal. James Marcia hizo operativa la idea en 1966 cruzando dos preguntas: si la persona ha explorado alternativas y si se ha comprometido con alguna. De la combinación salen cuatro estados: identidad lograda, moratoria (explora sin decidir), identidad hipotecada (se compromete sin haber explorado, con lo que heredó) y difusión (ni una cosa ni otra). El metaanálisis de Jane Kroger, Julia Martinussen y el propio Marcia en 2010, sobre 124 estudios longitudinales, matizó el calendario de Erikson: la identidad lograda gana terreno hasta bien entrados los treinta, y a los treinta y seis años solo alrededor de la mitad de las personas la ha alcanzado. La identidad no se cierra en la adolescencia; se sigue trabajando toda la vida activa.

La segunda corrección viene de la psicología social. Henri Tajfel y John Turner distinguieron en 1979 entre la identidad personal, lo que uno es como individuo, y la identidad social, lo que uno es en tanto que miembro de grupos. La distinción parece escolástica hasta que se ven los experimentos. En los estudios de grupo mínimo de Tajfel, publicados entre 1970 y 1971, unos chicos de unos catorce años se dividían en dos grupos por criterios triviales —preferencia por Kandinsky o por Klee, o incluso al azar— y después repartían puntos entre participantes anónimos de los dos grupos. El resultado, replicado decenas de veces, es que favorecían sistemáticamente al propio grupo, a veces eligiendo matrices que maximizaban la diferencia a favor de los suyos aunque eso supusiera ganar menos en términos absolutos. Una parte grande de lo que se vive como identidad propia es, en realidad, pertenencia, y cambia cuando cambia el grupo con el que uno se compara.

Con esos materiales se construye también la identidad narrativa, formulada por Dan McAdams en los años noventa: a partir de la adolescencia tardía la persona organiza su pasado, su presente y su futuro anticipado en una historia con protagonista, y esa historia, que se reescribe con cada versión que se cuenta, es la identidad. No hay un texto original debajo; hay una redacción continua sobre hechos que la memoria ya ha editado. Derek Parfit lo llevó a su extremo filosófico en 1984: en los casos límite, la duplicación, la pérdida gradual de recuerdos, la pregunta de si sigue siendo la misma persona no tiene respuesta, y sin embargo todo lo que importa —proyectos, relaciones, deberes— puede describirse sin ella. Lo que importa no es la identidad, sino lo que hace.

De ahí sale la objeción principal, que conviene formular con honestidad. La construcción tiene límites: no se puede ser cualquier cosa, porque los materiales los pone el entorno —los grupos disponibles, los roles que la sociedad ofrece a alguien de esa edad, ese sexo y esa clase, los relatos culturales sobre lo que es una vida bien contada—, y la teoría de Marcia, por ejemplo, toma como ideal la identidad lograda que encaja con una biografía individualista occidental, algo que la investigación transcultural ha cuestionado. Además, el yo narrativo se siente continuo aunque no lo sea: la memoria reconstruye, y las personas cambian de valores, de partido y de carácter más de lo que sus propias historias admiten.

Aun así, la herramienta sigue siendo útil exactamente donde más se la necesita: en las transiciones. Adolescencia, migración, rupturas, cambios de oficio son momentos en que los materiales disponibles cambian y la redacción hay que rehacerla. Buscarse no es excavar hasta dar con un núcleo intacto; es elegir entre lo que hay y comprometerse con ello a sabiendas, que es exactamente lo que Marcia llamaba identidad lograda.

Autoconcepto – Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias – Grupo de referencia – Identidad de género – Madurez emocional

Capítulo 2 de 14

Autoconcepto

Psicología 979 palabras artículo suelto ↗

El autoconcepto es el conjunto organizado de creencias que una persona tiene sobre sí misma: qué es, qué sabe hacer, a qué grupos pertenece, cómo es su cuerpo, qué se le da mal. Es la parte descriptiva de la identidad personal, previa a la valoración que le pone la autoestima, y su tesis contraintuitiva tiene dos caras que se sostienen juntas: el autoconcepto no es una cosa, y no se forma de dentro afuera. La consecuencia incómoda es que mejorar el entorno puede empeorarlo: el mismo alumno, con las mismas notas, se ve peor en el colegio mejor.

Que no es una cosa lo estableció la investigación psicométrica. William James ya había insinuado la estructura en 1890, al notar que el amor propio depende de la relación entre los éxitos reales y las pretensiones: uno puede ser brillante y sentirse mediocre si pretende más de lo que obtiene. Pero la arquitectura la midió Richard Shavelson y su equipo en 1976: el autoconcepto es multidimensional y jerárquico, con un autoconcepto académico, otro social, otro físico y otro emocional, cada uno con subdominios que se separan pronto —matemáticas y lengua con frecuencia en direcciones opuestas— y un autoconcepto general en la cúspide que resume mal a los de abajo. Herbert Marsh y Richard Shavelson lo convirtieron en cuestionario en 1985, y las aplicaciones a miles de escolares confirmaron la estructura. Su consecuencia práctica es que la pregunta «qué autoconcepto tiene este niño» no tiene respuesta: puede verse muy capaz en el deporte y nulo para el estudio, y mejorar uno no arrastra al otro.

Que no se forma de dentro afuera es la aportación de la sociología. Charles Cooley describió en 1902 el yo espejo: nos vemos como imaginamos que nos ven los demás, de modo que el autoconcepto es en parte una predicción sobre las miradas ajenas. George Herbert Mead sostuvo en 1934 que el yo surge en la interacción, cuando el niño aprende a adoptar el papel del otro —primero de personas concretas, después del otro generalizado, la comunidad entera— y a mirarse desde él.

Retrato fotográfico de Charles Horton Cooley, sociólogo estadounidense, con gafas y traje de época
Fig. 1 Charles Horton Cooley (1864-1929), sociólogo estadounidense. En Human Nature and the Social Order (1902) formuló el yo espejo: nos vemos como imaginamos que nos ven los demás, la intuición de la que el autoconcepto ha sido una elaboración permanente.Originally uploaded by CarlyHC11 (Transferred by Matanya ) · 2011 · Dominio público · Wikimedia Commons

La línea de desarrollo la trazó Susan Harter: los niños pequeños se describen con rasgos concretos y en positivo casi sin excepción; hacia los ocho años empiezan a compararse con otros y el autoconcepto se vuelve más realista y menos halagüeño; en la adolescencia se hace abstracto, contradictorio según el contexto y sensible a la mirada de los iguales, que desplazan a los padres como fuente principal. El autoconcepto es, en este sentido, una teoría sobre uno mismo construida con los datos que devuelve el entorno, y el dato más limpio que existe sobre esa dependencia es el efecto del pez grande en el estanque pequeño.

Herbert Marsh lo documentó en 1987 y el hallazgo se ha replicado en decenas de países: con el rendimiento controlado, el autoconcepto académico es más bajo en los centros de alto rendimiento y más alto en los mediocres, porque la comparación con los compañeros pesa más que el rendimiento absoluto. Marsh y Kit-Tai Hau lo comprobaron en 2003 con los datos de TIMSS, más de cien mil alumnos de veintiséis países: el efecto aparecía en todos ellos, a favor o en contra de cada alumno según la media de su clase. Cambiar de colegio cambia el autoconcepto sin que cambie la capacidad, en la dirección que dicte la nueva media. La matrícula en un centro selectivo mejora, de media, el aprendizaje del conjunto y empeora la autopercepción de buena parte de los individuos; ambas cosas son ciertas a la vez y las políticas de admisión deberían ponderarlas juntas.

Sobre la relación entre autoconcepto y rendimiento, los estudios longitudinales de Marsh y Rhonda Craven, resumidos en 2006 en el modelo de efectos recíprocos, encontraron que verse capaz en una materia predice mejoras pequeñas en ella y mejorar en ella predice verse más capaz, en un bucle modesto que opera solo a nivel de dominio concreto y no con el autoconcepto general. De ahí que los programas que intentan elevar el autoconcepto en abstracto no mejoren nada medible: no hay un «sí mismo» general que arrastre a los dominios, sino el camino inverso, dominio a dominio.

Queda la variación cultural, que Hazel Markus y Shinobu Kitayama formularon en 1991: en las culturas que ellos llamaron independientes el autoconcepto se organiza en torno a atributos internos y a la diferencia respecto a los demás, y en las interdependientes en torno a relaciones y pertenencias, de modo que describirse por lo que uno es en su familia o en su empresa no es un autoconcepto menos desarrollado sino otro. La consistencia entre contextos, que la psicología occidental toma como signo de salud, es en parte una preferencia local.

Las objeciones merecen párrafo propio. El efecto del pez grande tiene excepciones documentadas: desaparece o se invierte en algunas muestras de alumnos superdotados seleccionados, y la comparación con compañeros muy superiores puede funcionar como aspiración en lugar de como castigo, algo que la literatura distingue como efecto de contraste frente a efecto de asimilación. Además, casi todo lo que se sabe del autoconcepto procede de autoinformes, con lo que la medida mezcla la creencia real con la imagen que el encuestado quiere dar, y el propio efecto del estanque podría estar subestimado donde halagarse es socialmente obligatorio. Y la multidimensionalidad, aunque sólida psicométricamente, no responde a la pregunta de qué hace que un dominio pese más que otro en la vida de cada uno.

Aun así, el autoconcepto sigue siendo la herramienta con la que se diseñan intervenciones educativas y se evalúan programas, y su lección práctica es sobria: si la percepción de uno depende del grupo de comparación, cambiar el grupo es una intervención sobre el autoconcepto tan real como cualquier taller de autoestima, y suele funcionar mejor.

Identidad personal – Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias – Grupo de referencia – Estereotipos – Esquema cognitivo (Piaget)

Capítulo 3 de 14

Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias

Psicología 999 palabras artículo suelto ↗

Autoimagen, autoconcepto y autoestima se usan a menudo como sinónimos, y nombran tres cosas encadenadas. La autoimagen es la representación que una persona tiene de sí, el retrato: alta o baja, tímida o no, del montón o fuera de él. El autoconcepto es la organización de esas representaciones en creencias sobre lo que uno es y sabe hacer, dominio por dominio. La autoestima es la valoración afectiva del conjunto, la actitud favorable o desfavorable hacia el propio yo. La tesis contraintuitiva, que la investigación ha establecido con una dureza rara en psicología aplicada, es que la tercera, la más buscada de las tres, es la menos causal: subir la autoestima en abstracto no mejora ni las notas ni el trabajo ni la conducta.

La medida estándar es antigua y breve: la escala de diez ítems que Morris Rosenberg publicó en 1965 junto con la definición de autoestima como actitud global favorable o desfavorable hacia uno mismo, y que sigue siendo el instrumento más usado del mundo para medirla. Sobre esa base se edificó un movimiento. En 1986 el estado de California creó por ley un grupo de trabajo para promover la autoestima, con la tesis de que su falta estaba detrás del fracaso escolar, la delincuencia, el embarazo adolescente y la dependencia de la asistencia social, y de que elevarla sería una vacuna social. El volumen académico que el propio grupo encargó, coordinado por el sociólogo Neil Smelser en 1989, encontró asociaciones débiles o inexistentes en casi todos los frentes; el grupo lo dio igualmente por confirmado y el presupuesto siguió. Durante los veinte años siguientes las escuelas de medio mundo trabajaron la autoestima como objetivo educativo, casi sin datos que la respaldaran.

La revisión que cerró la discusión es de Roy Baumeister, Jennifer Campbell, Joachim Krueger y Kathleen Vohs, publicada en 2003 por encargo de la Asociación Americana de Psicología. Repasaron la literatura con un criterio estricto, medidas objetivas en lugar de autoinformes, y las conclusiones son un catálogo de creencias falsas. La autoestima alta no causa mejores notas; la correlación existe pero apunta en la dirección contraria, del rendimiento a la autoestima. No mejora el desempeño laboral. No previene el consumo de alcohol ni la conducta sexual temprana. Los agresores escolares no tienen la autoestima baja, más bien al revés. Lo que la autoestima alta sí hace son dos cosas: aumenta la iniciativa, porque quien se valora se atreve a más, y se asocia con sentirse bien, de forma robusta. Es decir, es en buena parte una consecuencia de que las cosas vayan bien y un ingrediente de la felicidad, no una causa de que vayan bien. Un termómetro, no un motor.

El experimento que lo ilustró de forma más cruel vino después: Donelson Forsyth y sus colegas, entre ellos el propio Baumeister, seleccionaron en 2007 a estudiantes universitarios que estaban suspendiendo y a una mitad les enviaron mensajes semanales para reforzar su autoestima; ese grupo sacó peores notas que el de control, que solo recibía un resumen neutro de sus resultados. La explicación que los autores dieron es sutil y plausible: pensar en lo que uno vale desvía la atención del rendimiento, y pensar en el rendimiento es lo que mejora el rendimiento.

La sociología añade una capa: la autoimagen no es solo interior, es la parte del yo que se actúa ante una audiencia. Erving Goffman describió en 1959, en La presentación del yo en la vida cotidiana, cómo las personas gestionan la impresión que causan, con guiones, escenarios y equipos, y su modelo deja una consecuencia incómoda: gran parte de lo que uno «es» para los demás es dirección escénica sostenida, no esencia.

Fotografía escolar en blanco y negro de Erving Goffman adolescente, con chaqueta y gafas
Fig. 1 Erving Goffman de joven, hacia 1940, en Winnipeg. En La presentación del yo en la vida cotidiana (1959) describió la autoimagen como actuación social mantenida ante una audiencia: la base sociológica de la distinción entre lo que uno es y cómo se le ve.Autoría desconocida · 1940 · Dominio público · Wikimedia Commons

Los matices posteriores importan tanto como la revisión. El primero es que el nivel importa menos que la estabilidad y la base: Michael Kernis mostró que una autoestima alta pero frágil, que sube y baja con cada éxito o fracaso, se asocia con más hostilidad y defensividad que una moderada y estable, y Jennifer Crocker que la autoestima contingente, la que depende de rendir en un dominio concreto, convierte cada examen en una amenaza a la persona entera. Junto a eso, los experimentos de laboratorio sobre egotismo amenazado —Bushman y Baumeister, 1998— encontraron que los participantes con narcisismo alto que recibían una crítica a su ensayo elegían castigos más intensos contra quien los había evaluado, una pista de por qué la autoestima inflada puede ser más peligrosa que la baja. El segundo matiz es la trayectoria vital: los metaanálisis de Ulrich Orth y Richard Robins muestran que la autoestima media sube desde la adolescencia hasta alrededor de los sesenta años y solo entonces declina, con un patrón similar en decenas de países, con lo que la crisis de autoestima de la mediana edad es, estadísticamente, una excepción.

La objeción honesta es que una cosa es desmontar la autoestima como motor y otra declararla irrelevante. La literatura posterior a 2003, en particular el metaanálisis de Jelena Sowislo y Orth de 2013, encuentra que la autoestima baja predice depresión posterior con un efecto moderado y consistente, más claro que el de la depresión sobre la autoestima: quien se valora poco está en riesgo real, aunque subirle la autoestima con mensajes no lo proteja. Y la revisión de 2003 se centró en intervenciones genéricas sobre población general; nada de eso habla de los casos clínicos ni de la autoestima como objetivo indirecto del tratamiento.

La cadena, entonces, se lee mejor al revés de como se suele leer. No se trata de subir la autoestima para que mejore el rendimiento, sino de construir un autoconcepto realista, con dominios en los que uno rinde de verdad, y dejar que la autoestima —estable, no frágil— venga como termómetro de ese edificio. Lo que sigue en este itinerario, la brecha de confianza, muestra qué pasa cuando esa valoración no depende de lo que uno hace sino de lo que el entorno espera de alguien como uno.

Autoconcepto – Identidad personal – Brecha de confianza – Madurez emocional – Placer, gozo y felicidad

Capítulo 4 de 14

Brecha de confianza

Sociología 998 palabras artículo suelto ↗

La brecha de confianza es la diferencia sistemática entre hombres y mujeres en la seguridad con que valoran sus propias capacidades y en la disposición a actuar sobre esa valoración: presentarse a un puesto, pedir un aumento, dar una opinión en una reunión, atribuirse un mérito. La expresión la popularizaron las periodistas Katty Kay y Claire Shipman en 2014. Su tesis contraintuitiva es que el concepto, tal como circula, tiene las patas al revés: la brecha se ha medido bien y es real, pero la explicación que la acompaña, que las mujeres deberían trabajar su confianza, no se sigue de los datos, y a veces pedir menos es una lectura correcta de lo que el entorno castiga.

La medición es sólida y viene de experimentos, no de encuestas de opinión. Christine Exley y Judd Kessler hicieron en 2022 una serie de estudios en los que hombres y mujeres realizaban la misma prueba, obtenían el mismo resultado y después debían describir su desempeño a un evaluador: las mujeres se puntuaban sistemáticamente más bajo que los hombres con idéntico rendimiento, la diferencia no desaparecía cuando se les informaba de su resultado real ni cuando la modestia no tenía ningún beneficio, y ya se detectaba en la adolescencia. Muriel Niederle y Lise Vesterlund habían mostrado en 2007, en uno de los experimentos más influyentes de la economía del comportamiento, que a igual rendimiento en una tarea las mujeres elegían con mucha menor frecuencia el sistema de pago por torneo: en la condición estándar, los hombres optaban por competir aproximadamente el doble que las mujeres, y la brecha se reducía pero no se cerraba cuando a todos se les comunicaba su rendimiento real. Y Pedro Bordalo, Katherine Coffman y sus colegas documentaron en 2019 que la autoevaluación sigue el estereotipo del dominio: las mujeres se infravaloran en lo que se considera masculino y los hombres en lo que se considera femenino, con independencia de lo que cada uno hace de verdad, un sesgo que opera en la memoria de las propias aptitudes. La brecha, por tanto, no es un rasgo de las mujeres sino un efecto de los estereotipos sobre el autoconcepto, que opera en los dos sexos con signo contrario según el terreno.

Contra eso, dos piezas de la versión popular aguantan peor. La primera es el dato de que las mujeres solo se presentan a un puesto cuando cumplen el cien por cien de los requisitos y los hombres con el sesenta: procede de un informe interno de Hewlett-Packard que nadie ha podido localizar, y cuando Tara Mohr preguntó en 2014 a más de mil profesionales por qué no se habían presentado a una vacante, el motivo principal no era la falta de confianza sino la convicción de que no les contratarían y no querían perder el tiempo, es decir, un cálculo sobre el entorno y no sobre sí mismas. La segunda es el síndrome del impostor, que Pauline Clance y Suzanne Imes describieron en 1978 en mujeres de alto rendimiento: la revisión sistemática de Bravata y sus colegas de 2020 encuentra que los hombres lo declaran con una frecuencia parecida y que su relación con el sexo es inconsistente.

El punto decisivo lo aportó la investigación sobre negociación, y es el caso concreto que mejor documenta por qué la explicación individual no basta. Linda Babcock y Sara Laschever mostraron en 2003 que las mujeres piden menos, y el remedio obvio era enseñarles a pedir. Pero Hannah Riley Bowles, Babcock y Lei Lai encontraron en 2007 que cuando una mujer negocia su salario con la misma firmeza que un hombre, los evaluadores, hombres y mujeres, la penalizan: la juzgan menos agradable, la quieren menos como compañera y se muestran menos dispuestos a trabajar con ella, mientras que al hombre que negocia idéntico trato nada de eso le cuesta. El experimento arrojaba el mismo patrón en la percepción de negociadoras reales y en currículos ficticios. La menor confianza es entonces, en parte, una anticipación racional del castigo: quien prevé la sanción por afirmarse y se contiene no está siendo insegura sino precisa.

Sala de máquinas de escribir del Departamento de la Armada de Estados Unidos en 1918-1919, llena de mujeres trabajando, con dos hombres supervisando en primer plano
Fig. 1 Sala de máquinas de escribir del Departamento de la Armada en Washington, 1918-1919, con las yeomen (F), las primeras mujeres incorporadas masivamente a las oficinas públicas estadounidenses. Un siglo después, la brecha de confianza se mide en las mismas instituciones, con las mujeres todavía infravalorando su desempeño ante quienes las evalúan.AnalyticalHistoricalHobbyist · 1918 · Dominio público · Wikimedia Commons

De ahí la crítica al planteamiento de trabajar la confianza, la que se hizo a Lean In de Sheryl Sandberg en 2013: no es que la brecha no exista, es que su sitio está mal puesto. Tratar como defecto individual lo que es una respuesta a la estructura de incentivos desplaza el coste hacia quien ya lo paga: si el entorno castiga a la mujer que negocia, la solución no puede ser pedirle que negocie igual y aguante, sino cambiar lo que el entorno premia y sanciona. Que la persona lo trabaje sola alivia a corto plazo lo que solo se corrige organizando los criterios de evaluación, la transparencia salarial y la reputación de quien pide.

Las objeciones, con datos honestos, son tres. La primera es la heterogeneidad: la brecha varía mucho por país, por sector y por tarea, y en algunos dominios se invierte; los promedios esconden distribuciones que se solapan ampliamente. La segunda es que «confianza» mezcla dos cosas que convendría separar: la seguridad subjetiva y la calibración respecto al propio rendimiento, y parte de la «sobreconfianza» masculina que alimenta la brecha es en realidad sobrestimación de las propias capacidades, no un modelo a imitar. La tercera es el sesgo de publicación: los experimentos que encuentran brechas aparecen más que los que no, y buena parte de la literatura procede de muestras universitarias de Estados Unidos.

Aun así, el concepto sigue siendo útil como detector: cuando una organización descubre que las mujeres no se presentan a sus vacantes o no piden ascensos, la primera pregunta correcta no es qué les pasa a ellas, sino qué ha pasado antes, cada vez que alguna se presentó o pidió. El paso siguiente de este itinerario, la madurez emocional, tiene la misma estructura: lo que parece una cualidad individual depende de lo que la situación permite.

Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias – Estereotipos – Capacidad de negociación – Trabajo emocional – Identidad de género

Capítulo 5 de 14

Las falsas memorias de Elizabeth Loftus

Psicología 852 palabras artículo suelto ↗

Las falsas memorias son recuerdos de cosas que no ocurrieron, o que ocurrieron de otra manera, y que la persona vive como auténticos, con detalles, emociones y total convicción. La psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus dedicó su carrera a demostrar que la memoria no funciona como una grabación que se guarda y se reproduce, sino como una reconstrucción que se rehace cada vez que recordamos, y que por eso puede cambiar con una simple palabra en una pregunta o con la sugerencia de alguien de confianza. Sus experimentos cambiaron la forma de tomar declaración a los testigos y alimentaron una de las grandes polémicas de la psicología del siglo XX.

La idea no era del todo nueva. En 1932, el psicólogo británico Frederic Bartlett pidió a estudiantes de Cambridge que leyeran una leyenda de los indígenas norteamericanos, La guerra de los fantasmas, y que la contaran de memoria varias veces a lo largo de semanas y meses. Con cada repetición la historia se volvía más corta, más coherente y más parecida a los cuentos ingleses: los detalles extraños desaparecían o se transformaban en otros más familiares. Bartlett concluyó que recordar es un acto de imaginación guiado por lo que ya sabemos, no una copia fiel.

Retrato fotográfico en blanco y negro de un hombre mayor con traje y corbata, sonriendo levemente
Fig. 1 Frederic Bartlett en 1948. Sus estudios de los años treinta ya mostraban que la memoria reconstruye en lugar de reproducir.Bassano Ltd · 1948 · Dominio público · Wikimedia Commons

El experimento que hizo famosa a Loftus se publicó en 1974 con John Palmer. Enseñaron a un grupo de estudiantes vídeos cortos de accidentes de tráfico y después les preguntaron a qué velocidad iban los coches, cambiando un solo verbo según el grupo: cuando los coches «se estrellaron», «chocaron», «colisionaron», «se golpearon» o «se tocaron». Los que oyeron «se estrellaron» calcularon de media unos 65 kilómetros por hora; los que oyeron «se tocaron», unos 50. En un segundo experimento, una semana después, preguntaron a los participantes si habían visto cristales rotos en el vídeo, aunque no había ninguno. Dijo que sí el 32 % de quienes habían oído «se estrellaron», frente al 14 % de quienes habían oído «se golpearon» y el 12 % de quienes no habían recibido ninguna pregunta sobre la velocidad. La palabra no solo influyó en la respuesta: cambió el recuerdo.

Cruce urbano con un coche de policía, un camión de bomberos y conos naranjas tras un accidente de tráfico
Fig. 2 Un accidente de tráfico real. Los experimentos de Loftus con vídeos de colisiones mostraron que la forma de preguntar a un testigo puede cambiar lo que recuerda haber visto.Alex Smith · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

En los años noventa, Loftus fue más allá y quiso saber si se podía implantar el recuerdo de un episodio entero que nunca había ocurrido. Con Jacqueline Pickrell pidió a familiares de los participantes que contaran tres episodios reales de su infancia, y añadió un cuarto inventado: que a los cinco años se habían perdido en un centro comercial, se habían asustado y una persona mayor los había ayudado a encontrar a su familia. Los participantes leían los cuatro relatos como si todos vinieran de sus familiares y se les pedía que escribieran lo que recordaran. Tras dos entrevistas, alrededor de una cuarta parte decía recordar, total o parcialmente, haberse perdido, y algunos añadían detalles que nadie les había contado. Estudios posteriores lograron efectos parecidos con otros episodios, como haber derramado un ponche en una boda o haber montado en globo, en este caso con una fotografía retocada. Un análisis conjunto de ocho de estos estudios, publicado en 2017, estimó que cerca del 30 % de los participantes llegaba a formar un recuerdo falso.

Estos trabajos coincidieron con un momento delicado. En los años ochenta y noventa, en Estados Unidos se extendieron terapias que buscaban recuerdos reprimidos de abusos en la infancia mediante hipnosis, visualizaciones guiadas y sesiones repetidas de sugerencia. Muchas personas llegaron a recordar abusos, a veces rituales o imposibles, y hubo familias destrozadas y juicios por hechos que después se demostró que no habían ocurrido. Loftus testificó en muchos de esos casos y sostuvo que las técnicas terapéuticas podían crear recuerdos falsos, lo que le valió duros ataques. Su postura no negaba que los abusos existen ni que se pueden olvidar y recordar después, sino que advertía de que la convicción con la que se recuerda algo no garantiza que sea verdad.

Las consecuencias más prácticas están en los tribunales. Las identificaciones erróneas de testigos presenciales aparecen en torno a siete de cada diez condenas que se han revocado en Estados Unidos gracias a pruebas de ADN, según el Proyecto Inocencia. A partir de investigaciones como las de Loftus, muchos cuerpos de policía han cambiado su forma de trabajar: hacen preguntas abiertas en lugar de dirigidas, evitan mostrar al testigo una sola foto del sospechoso, organizan las ruedas de reconocimiento sin que quien las dirige sepa quién es el sospechoso y registran lo seguro que está el testigo en el primer momento, antes de que otras conversaciones lo contaminen.

La lección de fondo sirve para la vida cotidiana. Dos personas que discuten sobre lo que pasó en una cena de hace años pueden estar recordando las dos con total sinceridad cosas distintas. Recordar es volver a construir, y en esa reconstrucción entran lo que hemos oído después, lo que esperábamos que pasara y lo que nos conviene creer, un parentesco claro con el sesgo de confirmación. Por eso Loftus insiste en una idea incómoda: la seguridad con la que recordamos algo dice mucho de nosotros y bastante poco de lo que ocurrió.

Sesgo de confirmación – Narrador testigo – Estereotipos – El experimento de Rosenhan – Método experimental

Capítulo 6 de 14

Madurez emocional

Psicología 1014 palabras artículo suelto ↗

La madurez emocional es la capacidad de sentir una emoción, reconocerla, entender de dónde viene y decidir qué hacer con ella, en lugar de que la emoción decida. El término viene de la psiquiatría estadounidense de los años cuarenta, donde William Menninger enumeró sus criterios —tolerancia a la frustración, dominio de sí, orientación hacia la realidad— como objetivo del desarrollo adulto, y hoy se solapa con dos conceptos que la investigación ha tratado con más rigor: la inteligencia emocional y la regulación emocional. Su tesis contraintuitiva es que madurar no consiste en sentir menos. Lo que la cultura corriente toma por madurez, la cara impasible, es la estrategia con el peor balance medido.

El estudio científico de la emoción arrancó con la primera gran obra del tema: La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872), donde Charles Darwin reunió observaciones en especies diversas y fotografías de Guillaume Duchenne, que provocaba expresiones con electrodos sobre los músculos faciales. La conclusión de fondo era demoledora para la idea de la emoción como decisión: la expresión es un residuo de hábitos utilitarios de los que el individuo ya no se ocupa, fisiología involuntaria más que elección. William James invirtió en 1884 el orden corriente —no lloramos porque estamos tristes, estamos tristes porque lloramos— y Walter Cannon lo atacó en 1927, señalando que las visceras reaccionan despacio para explicar emociones rápidas. La discusión sigue abierta en detalle, pero el dato que importa aquí ya estaba: sentir no se puede ordenar; solo se puede gestionar lo que se hace con lo sentido.

Grabado de 1872 que reproduce la fotografía de un rostro masculino contraído en una expresión extrema de horror y agonía
Fig. 1 Grabado de La expresión de las emociones en el hombre y los animales (Darwin, 1872), copiado de una fotografía de Guillaume Duchenne en la que la electroestimulación reproduce una expresión de horror. El mensaje del experimento sigue vigente: la expresión emocional es fisiología involuntaria, no una decisión, y por eso suprimirla solo la enmascara.Guillaume Duchenne · 1872 · Dominio público · Wikimedia Commons

La inteligencia emocional la definieron Peter Salovey y John Mayer en 1990 como una capacidad con cuatro ramas: percibir emociones, propias y ajenas; usarlas para pensar; comprender cómo evolucionan y se combinan; y gestionarlas. Daniel Goleman la popularizó en 1995 con la afirmación de que importa más que el cociente intelectual para el éxito en la vida, y esa afirmación no tiene apoyo. El metaanálisis de Dana Joseph y Daniel Newman de 2010, sobre decenas de estudios independientes, encontró que la inteligencia emocional medida como capacidad añade poco a la predicción del rendimiento laboral una vez descontadas la inteligencia general y la personalidad, y que las versiones medidas por cuestionario se solapan tanto con los rasgos de personalidad que apenas son otra cosa. Lo que sí resiste es más modesto y más útil: la rama de comprensión y gestión predice mejor el desempeño en los empleos con alta carga emocional, los que se describen en el capítulo sobre el trabajo emocional.

La regulación emocional es el terreno más firme, y su caso mejor documentado es un metaanálisis. James Gross propuso en 1998 un modelo por fases según el momento en que se interviene: antes de que la emoción se dispare, eligiendo o modificando la situación o redirigiendo la atención; cuando se está formando, reinterpretando lo que ocurre; o cuando ya está en marcha, suprimiendo su expresión. Las estrategias no son equivalentes. Gross y Oliver John mostraron en 2003 que quienes habitualmente reevalúan sienten más emociones positivas, tienen mejores relaciones y menos síntomas depresivos, mientras que quienes habitualmente suprimen sienten lo mismo por dentro, lo expresan menos, recuerdan peor lo ocurrido y tienen relaciones más pobres. El metaanálisis de Amelia Aldao, Susan Nolen-Hoeksema y Susanne Schweizer de 2010 reunió 114 estudios independientes y encontró el mismo patrón con más fuerza: la rumiación, la evitación y la supresión se asocian de forma consistente con más ansiedad, depresión y trastornos alimentarios, y la reevaluación y la resolución de problemas con menos. La supresión, que es lo que la cultura corriente toma por madurez, encabeza la lista de estrategias malas.

Dos hechos completan el cuadro. El primero es que la regulación mejora con la edad: Laura Carstensen ha mostrado, en su teoría de la selectividad socioemocional desarrollada desde 1991, que las personas mayores declaran un bienestar emocional igual o superior al de los jóvenes, se recuperan antes de las emociones negativas y atienden y recuerdan preferentemente lo positivo —un sesgo de mirada que Charles, Mather y Carstensen midieron en 2003 con seguimiento ocular—, no porque sientan menos sino porque, con un horizonte temporal más corto, eligen mejor a qué exponerse. La madurez emocional es en parte, literalmente, madurez. El segundo es que la estrategia adecuada depende de la intensidad: en las emociones fuertes la reevaluación fracasa y la distracción funciona mejor, un resultado de Gal Sheppes y sus colegas de 2011 que enlaza con el capítulo siguiente, la tormenta emocional. Madurar no es aplicar siempre la misma técnica; es tener varias y saber cuál toca.

Las objeciones son serias y la primera golpea al propio concepto: madurez emocional es un término normativo, y el contenido de la norma cambia con la cultura y la época. Lo que una sociedad cuenta por dominio de sí —contener la expresión, no molestar, sonreír en el servicio— es en otra mera frialdad o incluso deshonestidad, y las reglas de exhibición emocional varían tanto que tratar la versión occidental de oficina como la definición de salud es un sesgo que la propia literatura intercultural ha documentado. La segunda objeción es metodológica: casi todo lo citado procede de autoinformes sobre hábitos reguladores correlacionados con síntomas, lo que prueba asociación, no causalidad, y las intervenciones que enseñan reevaluación consiguen efectos pequeños. La tercera es que los datos sobre el envejecimiento son en buena parte transversales: la superioridad emocional de los mayores podría reflejar cohortes y no proceso, aunque los estudios longitudinales disponibles apoyan la interpretación de Carstensen.

Aun así, la herramienta sigue siendo útil porque corrige el error práctico más costoso del terreno, que es confundir el dominio de sí con el silenciamiento de sí. Donde la emoción es intensa no toca reevaluar sino esperar y nombrar; donde es leve, reinterpretar; y donde el entorno exige impasibilidad de forma permanente —la cabina de un avión, la consulta de urgencias—, el coste de esa exigencia es un riesgo laboral y no una virtud personal, como verá el capítulo del trabajo emocional.

Tormenta emocional – Conflicto intrapsíquico – Educación emocional – Trabajo emocional – Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias

Capítulo 7 de 14

Tormenta emocional

Psicología 1019 palabras artículo suelto ↗

Una tormenta emocional es un estado de activación tan intensa, y a veces con emociones contrapuestas a la vez, que la persona pierde durante un rato la capacidad de pensar con claridad, de escuchar y de elegir su conducta. No es un término técnico de la psicología, pero nombra algo que la investigación ha descrito con precisión desde tres ángulos, y de los tres sale la misma conclusión práctica, que es la tesis contraintuitiva del capítulo: en plena tormenta no se razona, se espera. La tormenta no es un enemigo que vencer, sino un plazo que cumplir.

El primer ángulo es fisiológico. John Gottman, que lleva desde los años setenta grabando a parejas mientras discuten con sensores puestos, llamó a este estado inundación: cuando la frecuencia cardiaca supera aproximadamente los cien latidos por minuto durante una conversación conflictiva, el cuerpo entra en una activación difusa que estrecha la atención, favorece la interpretación hostil y anula la capacidad de procesar información nueva. Gottman observó que en ese estado las parejas repiten lo dicho, escalan y no recuerdan después con exactitud la conversación, y que los hombres se inundan antes y tardan más en volver a la línea base. De ahí su prescripción, que es de las pocas de la psicología de pareja con apoyo empírico: interrumpir la discusión y no retomarla antes de veinte minutos, que es lo que el organismo tarda en desactivarse, y en ese intervalo no rumiarla, porque rumiarla mantiene la activación. El umbral concreto no es magia —cada cuerpo tiene el suyo—, pero la asimetría es real: interrumpir una discusión importante no es rendirse, es respetar la fisiología.

El segundo ángulo es el de la duración, y aquí está el dato que ordena el resto. Las emociones son cortas: Paul Ekman, que dedicó su carrera a documentarlas desde los años sesenta, las sitúa en segundos o minutos, frente a las horas o los días de los estados de ánimo. Un ataque de pánico, que es la tormenta en su forma clínica, alcanza su pico en unos diez minutos y remite solo. Lo que las prolonga es lo que se hace con ellas: Philippe Verduyn y sus colegas midieron en 2015, con muestreo de experiencia en la vida cotidiana, qué determina que una emoción dure más, y el factor principal fue la rumiación, volver una y otra vez sobre el episodio. La tormenta se sostiene sola mucho menos de lo que parece; la sostiene el que la sufre. Y la rumiación no es solo un hábito individual: Wendy Rose la documentó en 2002 como práctica social entre amigas adolescentes —la corumiación, vuelta compulsiva a un problema en común—, que estrecha el vínculo y a la vez alarga el malestar, lo que explica por qué las tormentas tienden a compartirse antes de apagarse.

Ese dato importa fuera de la consulta porque la adolescencia actual es el mayor experimento natural de tormentas sostenidas. La Encuesta de Conductas de Riesgo Juvenil del CDC encontró que la proporción de chicas de instituto en Estados Unidos que se sentían tristes o sin esperanza de forma persistente pasó del 36 % en 2011 al 57 % en 2021, y los intentos de suicidio declarados siguieron una curva parecida. Jean Twenge y Jonathan Haidt han popularizado la hipótesis de que la culpa es la irrupción del teléfono inteligente y las redes sociales en esa década, y la cautela es aquí obligada: sus datos son correlacionales. La curva coincide en el tiempo con esa hipótesis, pero coincide también con la crisis financiera de 2008, la epidemia de opioides y el aumento de tiroteos escolares, y la evidencia causal directa sigue en disputa entre especialistas. Lo que el capítulo aporta a ese debate es modesto y firme: independientemente de qué alimenta la oleada, su mecanismo individual pasa por la rumiación continua, y ahí sí hay intervención posible.

El tercer ángulo es el de qué funciona dentro de la tormenta, y aquí la respuesta es distinta de la del capítulo anterior. La madurez emocional recomienda reevaluar, reinterpretar la situación, y esa estrategia funciona con emociones de intensidad baja o media. Gal Sheppes y sus colegas mostraron en 2011 que a intensidad alta las personas eligen espontáneamente la distracción y hacen bien, porque reevaluar exige una capacidad de procesamiento que la activación ha secuestrado; la reevaluación falla justo cuando más se la necesita. Lo que sí opera a cualquier intensidad es nombrar lo que se siente: Matthew Lieberman y su equipo mostraron en 2007 que poner palabras a una emoción, sin intentar cambiarla, reduce la actividad de la amígdala, y Katharina Kircanski comprobó en 2012 que las personas con miedo a las arañas que describían en voz alta su ansiedad al acercarse a una toleraban después la exposición mejor que quienes intentaban tranquilizarse o distraerse. Decir «estoy furioso y asustado a la vez» no resuelve nada y, sin embargo, baja la intensidad.

Fotografía en color de Paul Ekman, psicólogo estadounidense de la emoción, hablando en un evento
Fig. 1 Paul Ekman en 2017. Su programa de investigación, iniciado en los años sesenta, documentó la brevedad de las emociones —segundos o minutos frente a las horas de los estados de ánimo— y su expresión reconocible entre culturas; el dato temporal es la base de la idea de que la tormenta se agota sola.Paul Ekman paulek · 2017 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

La versión divulgada habla de un secuestro de la amígdala, expresión de Daniel Goleman construida sobre el trabajo de Joseph LeDoux acerca de la vía rápida del miedo. El propio LeDoux se ha distanciado después de esa lectura: la amígdala detecta amenazas y organiza respuestas corporales, pero el sentimiento consciente de miedo es cortical, y la metáfora de un cerebro primitivo que toma el mando no describe bien lo que ocurre. A esa objeción se suman dos más honestas: el umbral de los cien latidos es una regla de laboratorio de parejas en conflicto, no una constante universal, y la medición de la duración de las emociones depende de que la gente recuerde y reporte lo que sintió, con todos los sesgos que eso trae.

Lo que sí ocurre es más simple y más manejable: una activación que se agota por sí misma en veinte minutos si no se alimenta. La prescripción que se sigue es escueta y rara vez se cumple: interrumpir, no rumiar, nombrar, volver. Y cuando lo que la provoca son dos exigencias incompatibles a la vez, el problema ya no es la emoción sino el conflicto intrapsíquico que hay debajo.

Madurez emocional – Conflicto intrapsíquico – Doble vínculo – Vinculos (lazos) afectivos (emocionales) (apego) – Estrés de rol

Capítulo 8 de 14

El pequeño Albert

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El pequeño Albert es el bebé con el que el psicólogo John B. Watson y su ayudante Rosalie Rayner intentaron demostrar, en 1920, que el miedo se aprende. Le enseñaron a tener miedo de una rata blanca que antes no le asustaba en absoluto, asociándola a un ruido fuerte, y comprobaron que ese miedo se extendía a otras cosas peludas. El experimento se convirtió en uno de los relatos fundacionales del conductismo, la corriente que entendía la psicología como el estudio de cómo el ambiente moldea la conducta. También es uno de los más cuestionados, por razones éticas y científicas.

Watson trabajaba en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, y estaba convencido de que casi todo lo que somos se aprende. Llegó a escribir una frase célebre: denme una docena de niños sanos y un mundo organizado a mi manera, y convertiré a cualquiera de ellos en médico, abogado, artista, mendigo o ladrón. El pequeño Albert era, según el artículo, un niño sano y tranquilo, hijo de una nodriza que trabajaba en un hospital infantil de la universidad. Watson lo eligió precisamente porque apenas se asustaba de nada.

Fotograma en blanco y negro de un bebé gateando sobre una colchoneta junto a un hombre con una máscara de Papá Noel
Fig. 1 Fotograma de la película que Watson y Rayner rodaron en 1920: el pequeño Albert ante una máscara de Papá Noel, uno de los objetos a los que se extendió su miedo.John B. Watson y Rosalie Rayner · 1920 · Dominio público · Wikimedia Commons

Con unos nueve meses, le presentaron una serie de cosas para ver cómo reaccionaba: una rata blanca, un conejo, un perro, un mono, máscaras, algodón y hasta periódicos ardiendo. No mostró miedo ante ninguna. Lo único que le hacía llorar era un ruido fuerte e inesperado: el golpe de un martillo contra una barra de acero, detrás de su cabeza. Esa era la clave del experimento. En términos del condicionamiento clásico de Pávlov, el ruido era un estímulo que producía miedo de forma natural, y la rata un estímulo neutro. La idea era unirlos.

A los once meses empezaron las pruebas. Cada vez que Albert alargaba la mano para tocar la rata, uno de los investigadores golpeaba la barra. Tras siete emparejamientos repartidos en dos sesiones, bastaba con enseñarle la rata sola para que llorara, se diera la vuelta y gateara a toda prisa para alejarse. Unos días después comprobaron que el miedo se había generalizado: Albert reaccionaba también ante un conejo, un perro, un abrigo de piel, algodón, la máscara de Papá Noel e incluso el pelo de Watson. Al cumplir un año el miedo seguía, aunque algo más débil.

Watson y Rayner anunciaron que querían «descondicionar» a Albert, es decir, quitarle el miedo que le habían creado, pero no llegaron a hacerlo: el niño dejó el hospital con su madre y no volvieron a verlo. Escribieron incluso, en un tono que hoy sorprende, que esas reacciones probablemente le durarían toda la vida si nadie las corregía. Cuatro años más tarde, otra alumna de Watson, Mary Cover Jones, demostró con un niño llamado Peter que se podía hacer lo contrario: le quitó el miedo a los conejos acercándole uno poco a poco mientras comía algo que le gustaba. Esa técnica está en el origen de la desensibilización sistemática, que todavía se usa para tratar las fobias.

Desde el punto de vista ético, el experimento sería impensable hoy: se asustó deliberadamente a un bebé, sin un consentimiento informado real de su madre, y no se deshizo el daño. Pero también tiene problemas científicos serios. Se hizo con un solo niño, sin grupo de comparación, y las reacciones se describieron de forma impresionista, sin medirlas. Las reacciones de Albert no fueron tan limpias como luego se contó: a veces había que volver a golpear la barra para renovar el miedo, y cuando se chupaba el dedo parecía olvidarse de la rata. En 1979, el psicólogo Ben Harris mostró que los manuales habían ido deformando la historia con los años, añadiendo detalles que no estaban en el artículo, como que Albert acabó teniendo miedo de los gatos o de su propia madre.

Durante casi un siglo nadie supo quién era Albert, porque Watson usó un seudónimo. En 2009, un equipo dirigido por Hall Beck propuso que era Douglas Merritte, hijo de una nodriza del hospital, que murió a los seis años de hidrocefalia, lo que abrió una polémica sobre si el niño estaba realmente sano, como decía el artículo. En 2014, otro grupo encabezado por Russell Powell presentó una candidatura que hoy se considera más sólida: William Albert Barger, otro hijo de una nodriza del mismo hospital, que vivió hasta 2007. Según contó su familia, nunca supo que había sido parte de un experimento famoso, aunque toda su vida le desagradaron los perros.

El legado de Watson es contradictorio. Su conductismo aportó a la psicología el rigor de medir la conducta observable, y la idea de que los miedos pueden aprenderse, y por tanto desaprenderse, sigue en el centro de las terapias de las fobias. Pero sus consejos de crianza, que recomendaban no abrazar ni besar a los niños para no volverlos débiles, fueron rebatidos por investigaciones posteriores como las de Harry Harlow con monos rhesus, que mostraron que el contacto y el afecto son una necesidad básica. Watson dejó la universidad en 1920, tras un escándalo por su relación con Rayner, y terminó trabajando en publicidad.

Condicionamiento clásico – Los monos de Harlow – Vinculos (lazos) afectivos (emocionales) (apego) – El caso de Phineas Gage – Método experimental

Capítulo 9 de 14

Conflicto intrapsíquico

Psicología 681 palabras artículo suelto ↗

Un conflicto intrapsíquico es la contradicción entre deseos, valores, creencias o exigencias que una misma persona sostiene a la vez, de modo que satisfacer uno frustra el otro. A diferencia del conflicto con otra persona, no tiene contrincante externo: las dos partes son propias. El concepto nace en el psicoanálisis y ha sobrevivido a él en tres formulaciones que se pueden medir, y una de ellas conecta directamente con la toma de decisiones.

En Freud el conflicto es la estructura misma de la mente. El modelo de 1923 la divide en tres instancias, el ello que empuja, el superyó que prohíbe y el yo que negocia entre ambos y con la realidad, y el síntoma neurótico es el compromiso que resulta cuando la negociación fracasa y el deseo reprimido vuelve disfrazado. Esa versión, en la que el conflicto es inconsciente por definición y su contenido se descubre en la interpretación, es la que la psicología experimental no ha podido confirmar ni refutar, porque no está formulada para ello.

Retrato fotográfico en blanco y negro de Sigmund Freud, barbado, con traje oscuro, mirando de frente
Fig. 1 Sigmund Freud fotografiado por Max Halberstadt en 1921. El modelo estructural de 1923 —ello, yo y superyó— convirtió el conflicto en la arquitectura misma de la mente y el síntoma en su compromiso; es la formulación del conflicto intrapsíquico que la psicología experimental no ha podido contrastar.Max Halberstadt · 1921 · Dominio público · Wikimedia Commons

La primera versión medible es de Kurt Lewin, en los años treinta, que clasificó los conflictos según la dirección de las fuerzas: entre dos metas atractivas (aproximación-aproximación, que se resuelve pronto porque acercarse a una la hace más atractiva), entre dos amenazas (evitación-evitación, que produce huida o parálisis), y el más interesante, el de aproximación-evitación, en el que una misma meta atrae y repele. Neal Miller estudió este último en 1944 con ratas que corrían hacia una comida junto a la que recibían una descarga, y encontró que la fuerza de la evitación crece más deprisa que la de la aproximación conforme uno se acerca, de modo que el animal se detiene a una distancia intermedia y oscila. Es el modelo formal de la ambivalencia: quien quiere y no quiere dejar un trabajo, una relación o una ciudad no está indeciso por falta de información, está en el punto en que las dos curvas se cruzan.

La segunda es la disonancia cognitiva de Leon Festinger, de 1957: sostener dos cogniciones incompatibles produce un malestar que motiva a reducirlo, casi siempre cambiando la creencia más fácil de cambiar y no la conducta. El experimento de Festinger y James Carlsmith de 1959 pagó a unos participantes un dólar y a otros veinte por decir a un tercero que una tarea aburrida había sido interesante; los del dólar acabaron creyendo que la tarea les había gustado, porque no tenían una justificación externa para la mentira y tuvieron que fabricar una interna. Jack Brehm había mostrado en 1956 la variante que importa para decidir: después de elegir entre dos electrodomésticos parecidos, las personas revalorizan el elegido y devalúan el rechazado. La decisión no acaba con el conflicto, lo reescribe, y esa reescritura es uno de los mecanismos que sostienen la falacia del coste hundido. La disonancia ha sufrido en los últimos años el escrutinio que se ha aplicado a toda la psicología social: Jane Risen y Keith Chen mostraron en 2010 que el paradigma de la libre elección infla el efecto por un artefacto estadístico, y un intento multicéntrico y prerregistrado de 2024 no consiguió reproducir el efecto clásico de la mentira pagada. La idea sigue en pie; las cifras que la acompañaban, menos.

La tercera es la teoría de la autodiscrepancia de E. Tory Higgins, de 1987, que distingue entre el yo real, el yo ideal (lo que uno querría ser) y el yo deber (lo que uno cree que tiene que ser), y predice emociones distintas para cada distancia: la brecha con el ideal produce abatimiento y desilusión; la brecha con el deber, ansiedad y culpa. Es la formulación que enlaza este capítulo con los anteriores, porque el autoconcepto contiene esas tres versiones y la autoestima depende en parte de la distancia entre ellas. Y anticipa el siguiente: cuando el yo deber no es propio sino impuesto por una relación de la que no se puede salir, el conflicto intrapsíquico es la forma que toma por dentro un doble vínculo.

Tormenta emocional – Doble vínculo – Autoconcepto – Toma de decisiones – Falacia del coste hundido

Capítulo 10 de 14

Los monos de Harlow

Psicología 817 palabras artículo suelto ↗

Los monos de Harlow son las crías de mono rhesus con las que el psicólogo estadounidense Harry Harlow estudió, a finales de los años cincuenta, qué es lo que une a un bebé con su madre. Separó a las crías de sus madres al nacer y les dio dos madres artificiales: una de alambre que tenía un biberón con leche y otra forrada de tela suave que no daba de comer. Las crías pasaban casi todo el día abrazadas a la madre de tela y solo iban a la de alambre a comer. El experimento demostró que el apego no nace de la comida, sino del contacto y el consuelo, y cambió la manera de criar a los niños. También es uno de los ejemplos más citados en los debates sobre la ética de experimentar con animales.

Para entender por qué fue tan importante hay que recordar lo que se pensaba entonces. Tanto el psicoanálisis como el conductismo explicaban el vínculo con la madre como un efecto secundario de la alimentación: el bebé la quería porque ella satisfacía su hambre. El conductista John B. Watson, el del pequeño Albert, había llegado a aconsejar en 1928 a los padres que no abrazaran ni besaran a sus hijos, que les estrecharan la mano por la mañana y que no los cogieran en brazos cuando lloraban, para no volverlos débiles y dependientes. En muchos hospitales y orfanatos, los niños recibían comida y cuidados higiénicos, pero muy poco contacto.

Una macaca rhesus sentada en el suelo del bosque con su cría agarrada al pecho
Fig. 1 Una macaca rhesus con su cría. Las crías de esta especie pasan sus primeros meses agarradas a la madre, y Harlow quiso saber qué buscaban exactamente en ese contacto.Krishna K. Sah · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

Harlow trabajaba en la Universidad de Wisconsin-Madison y criaba monos separados de sus madres para tener animales sanos para sus experimentos. Se fijó en que las crías se aferraban con desesperación a las mantas de tela que cubrían el suelo de sus jaulas, y se le ocurrió poner a prueba la teoría dominante. Construyó dos madres sustitutas del mismo tamaño, con una cabeza de madera: una era un simple cilindro de malla de alambre y la otra, el mismo cilindro forrado de goma espuma y tela de rizo, con una bombilla detrás para darle calor. En unos casos el biberón estaba en la madre de alambre y en otros en la de tela.

El resultado fue tajante. Las crías pasaban con la madre de tela entre diecisiete y dieciocho horas al día, y con la de alambre apenas una o dos, aunque fuera la única que daba leche: iban a comer y volvían enseguida a la de tela. Cuando Harlow las asustaba con un juguete mecánico que avanzaba haciendo ruido, corrían a abrazarse a la madre de tela, se calmaban y, al cabo de un rato, se atrevían a mirar e incluso a acercarse al juguete. En una sala desconocida, con la madre de tela presente, exploraban; sin ella, se acurrucaban en un rincón chupándose el dedo y llorando. La madre de tela funcionaba como una base segura. Harlow presentó estos resultados en 1958 en su discurso como presidente de la Asociación Americana de Psicología, titulado «La naturaleza del amor».

La parte más dura vino después. En los años sesenta, Harlow y sus colaboradores estudiaron los efectos del aislamiento, criando a crías completamente solas durante meses, sin madre real ni artificial ni contacto con otros monos. Los resultados fueron devastadores: los animales se balanceaban, se autolesionaban, eran incapaces de relacionarse con otros monos y, cuando algunas hembras criadas así tuvieron sus propias crías, las descuidaron o las maltrataron. El equipo llegó a diseñar una cámara vertical de acero en la que aislaba a monos jóvenes para estudiar la depresión, a la que el propio Harlow llamó «el pozo de la desesperación». Estos experimentos contribuyeron a que se desarrollara el movimiento por los derechos de los animales y a que se endurecieran las normas de la experimentación animal.

La influencia de Harlow fue enorme. Sus datos dieron apoyo experimental a la teoría del apego del psiquiatra británico John Bowlby, que sostenía que los bebés nacen con una necesidad biológica de un vínculo cercano y estable con quien los cuida, y que se explica en vínculos afectivos y apego. Junto con los estudios de niños hospitalizados y en orfanatos, contribuyeron a que los hospitales permitieran a los padres quedarse con sus hijos ingresados, a que los orfanatos dieran paso a las familias de acogida y a que el contacto piel con piel con los recién nacidos se convirtiera en una práctica habitual.

El caso deja un dilema que no tiene una respuesta sencilla. Los experimentos de Harlow aportaron un conocimiento valioso que ha mejorado la vida de muchos niños, pero lo hicieron a costa de un sufrimiento enorme en animales capaces de sentir miedo y tristeza de forma muy parecida a la nuestra. Precisamente lo que demostraron, que el apego es una necesidad tan básica como el alimento, es la razón principal por la que hoy casi nadie defendería repetirlos.

Vinculos (lazos) afectivos (emocionales) (apego) – El pequeño Albert – Condicionamiento clásico – Vínculos sociales – Método experimental

Capítulo 11 de 14

Vinculos (lazos) afectivos (emocionales) (apego)

Psicología 701 palabras artículo suelto ↗

Los vínculos afectivos, o apego, son los lazos duraderos de cercanía y confianza que una persona establece con unas pocas figuras concretas, primero con quien la cuida y después con la pareja y los amigos íntimos, y que se reconocen por un patrón: buscar la proximidad de esa figura, usarla como base desde la que explorar, protestar cuando se va y calmarse cuando vuelve. La teoría que los explica es una de las más influyentes de la psicología del desarrollo, y también una de las que más se ha simplificado al divulgarse.

La formuló John Bowlby a partir de 1958, contra la explicación entonces dominante, la de que el bebé se apega a la madre porque la asocia con la comida. Harry Harlow lo refutó en 1958 con crías de macaco que disponían de una madre de alambre que daba leche y de otra de felpa que no daba nada: pasaban el día agarradas a la de felpa y corrían a ella cuando se asustaban.

Fotografía en blanco y negro de una cría de macaco de espaldas a la cámara, abrazada a la figura de una madre de felpa en una jaula de laboratorio
Fig. 1 Cría de macaco abrazada a la madre de felpa en la prueba del susto del experimento de Harry Harlow (1958). El montaje es éticamente reprobable, pero el hallazgo resumido en la imagen sigue en pie: el vínculo no se aprende por la comida, y la cercanía de la figura de apego es una necesidad propia.Harry Harlow · 1958 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

El vínculo no se aprende por recompensa; es un sistema conductual propio, seleccionado porque mantiene a la cría cerca de quien la protege. Mary Ainsworth lo hizo medible en 1978 con la situación extraña, un protocolo de veinte minutos en el que la madre sale y vuelve dos veces y se observa la reacción del niño. De ahí salieron tres patrones: seguro (alrededor de dos tercios de los niños en las muestras estadounidenses, protesta y se consuela al reencuentro), evitativo (ignora la vuelta) y resistente o ambivalente (se aferra y a la vez se enfada). Mary Main añadió en 1986 el desorganizado, con conductas contradictorias, el único que predice con alguna fuerza problemas posteriores. Cindy Hazan y Phillip Shaver trasladaron el esquema al amor adulto en 1987, y desde entonces se habla de estilos de apego en la pareja.

Ahí empiezan las precisiones. La primera es cultural: el metaanálisis de Marinus van IJzendoorn y Pieter Kroonenberg de 1988 encontró que la distribución de patrones varía entre países, con más evitativos en el norte de Alemania y más resistentes en Japón, y que la variación dentro de cada país era mayor que la variación entre ellos. Lo que la situación extraña mide en parte es qué grado de independencia espera cada cultura de un niño de un año. La segunda es la estabilidad, que la versión popular da por hecha: el metaanálisis de Chris Fraley de 2002 estimó una continuidad modesta desde la infancia a la edad adulta, y los estudios con intervalos largos la sitúan más baja aún. El apego temprano inclina, no determina, y cambia cuando cambian las circunstancias de los cuidados. La tercera es que los patrones no son rasgos de personalidad heredados: el estudio de gemelos de Caroline Bokhorst de 2003 atribuyó la seguridad del apego casi por entero al ambiente compartido y casi nada a la genética, lo que es a la vez una buena noticia, porque es modificable, y un aviso sobre el temperamento, que Jerome Kagan señaló como variable confundida con el apego en el protocolo.

Sobre lo que el apego predice, el balance es más sobrio que su fama. Un metaanálisis de Ashley Groh y sus colegas de 2014 encontró que la seguridad temprana predice una competencia social algo mayor con los iguales, con un efecto pequeño, y que su relación con la psicopatología posterior es débil salvo en el patrón desorganizado. Es decir, un apego seguro ayuda, pero la mayor parte de lo que una persona será no está escrito en su primer año.

Queda el uso extendido, el apego a objetos, marcas o lugares, que el marketing tomó prestado en los años noventa. Describe una movilización real de recursos hacia lo que se posee y una reacción de pérdida cuando falta, y no cumple el criterio que define el vínculo original: la figura de apego responde. Un objeto no consuela, se usa para consolarse. La distinción importa para el capítulo siguiente, porque lo que convierte un vínculo en una trampa no es su intensidad sino que sea con alguien de quien no se puede prescindir y que emite mensajes incompatibles, que es la definición del doble vínculo.

Doble vínculo – Madurez emocional – Identidad personal – Socialización primaria – Conflicto intrapsíquico

Capítulo 12 de 14

Doble vínculo

Psicología 990 palabras artículo suelto ↗

El doble vínculo es una situación comunicativa en la que una persona recibe dos mensajes contradictorios de distinto nivel lógico dentro de una relación de la que no puede salir, no puede señalar la contradicción y está obligada a responder. Cualquier respuesta que dé será errónea, porque obedecer un mensaje equivale a desobedecer el otro, y la salida evidente —comentar en voz alta que las dos órdenes son incompatibles— está prohibida por la propia relación. Su tesis contraintuitiva es que el síntoma característico no es incapacidad sino imposibilidad lógica, y que la persona atrapada suele atribuir a su propio defecto lo que es una propiedad de la situación.

El concepto lo formularon Gregory Bateson, Don D. Jackson, Jay Haley y John Weakland en 1956, en el artículo «Toward a Theory of Schizophrenia» publicado en Behavioral Science, fruto del grupo de investigación que Bateson reunió en Palo Alto con financiación federal para estudiar la comunicación. No era un equipo improvisado: Bateson llevaba décadas analizando la comunicación como sistema, desde Naven (1936), su etnografía de los iatmul de Nueva Guinea, hasta los años en Bali con Margaret Mead, donde filmaron la interacción cotidiana y el trance ritual en los años treinta. El fotograma de ese trabajo es también la biografía del concepto: quien aprendió a leer el significado en el gesto, el tono y la postura fue quien formuló que los mensajes contradictorios entre niveles —lo que se dice y lo que se muestra— pueden atrapar a quien no puede hablar de ellos.

Fotograma en blanco y negro de bailarines balineses en trance durante el ritual del kris, filmado por Bateson y Mead
Fig. 1 Fotograma de Trance and Dance in Bali (1952), film etnográfico rodado por Gregory Bateson y Margaret Mead en los años treinta. El análisis balinés de la comunicación no verbal fue el terreno en el que Bateson entrenó la mirada que en 1956 formularía el doble vínculo.Gregory Bateson, Margaret Mead · 1952 · Dominio público · Wikimedia Commons

Las condiciones del vínculo son precisas y no se cumplen con una simple orden contradictoria. Hace falta una relación intensa y significativa para el sujeto; un mandato primario explícito («haz esto»); un mandato secundario que lo contradice y que suele ser no verbal o implícito, transmitido por el tono, el gesto o el contexto («no obedezcas la orden que acabo de darte»); la imposibilidad de metacomunicar, es decir, de hablar sobre los mensajes en vez de dentro de ellos; y la imposibilidad de abandonar el campo. El ejemplo mínimo que Bateson usaba es la orden sé espontáneo: cumplirla por obediencia la incumple. La versión clínica que el grupo describió a partir del material terapéutico y cinematográfico del proyecto era la madre que reclama verbalmente afecto al hijo mientras se rigidiza corporalmente cuando este se acerca, y que además reprocha al hijo su reticencia, dejándolo sin ninguna conducta correcta disponible: acercarse es rechazado, alejarse es castigado, y decir que pasa es traición.

La tesis etiológica original —que la exposición sostenida a dobles vínculos en la familia produce esquizofrenia— está hoy abandonada, y su historia explica por qué debe estarlo. No obtuvo apoyo empírico, y su versión divulgada, la de la «madre esquizofrenógena» acuñada por Frieda Fromm-Reichmann en 1948, causó daño real al culpabilizar a las familias de pacientes con un trastorno de base neurobiológica y fuerte componente hereditario. La investigación posterior sobre el entorno familiar tomó otro camino y otro nombre —la emoción expresada, iniciada por George Brown y sus colegas en 1962— y encontró efectos reales del clima emocional familiar, pero sobre el curso y la recaída, no sobre la causa, y con mecanismos distintos del doble vínculo.

Lo que sobrevivió, y con mucha fuerza, es el concepto comunicativo. Paul Watzlawick lo integró en Pragmática de la comunicación humana (1967), escrito con Janet Beavin y el propio Jackson, como uno de los patrones paradójicos básicos, junto a la imposibilidad de no comunicar y a la distinción entre contenido y relación. La terapia sistémica y estratégica invirtió su lógica para construir intervenciones: la prescripción del síntoma de Haley, inspirada en las paradojas terapéuticas de Milton Erickson, y la contraparadoja del grupo de Milán en los años setenta, colocan al paciente en un doble vínculo terapéutico cuya única salida es el cambio. La paradoja, curada, se vuelve herramienta.

Fuera de la clínica, el concepto describe con precisión ciertas patologías organizativas y sociales. Chris Argyris las analizó durante décadas con su distinción entre la teoría defendida y la teoría en uso: las empresas que exigen iniciativa y castigan la desviación, o que piden sinceridad en las encuestas internas mientras la sinceridad se recuerda en la evaluación anual, producen dobles vínculos con facilidad porque emiten mensajes en dos canales de distinta jerarquía —el reglamento y la práctica, el discurso y el presupuesto—. El síntoma característico no es el conflicto abierto, sino un tipo particular de parálisis acompañada de culpa. Robert Kahn y sus colegas habían descrito en 1964 el conflicto de rol como la recepción de expectativas incompatibles desde distintos emisores; el doble vínculo es ese mismo choque en la versión más cerrada, la que además prohíbe reconocerlo. Nombrar la contradicción, cuando se puede, deshace el vínculo; que casi nunca se pueda es lo que lo constituye.

Las objeciones deben ser frontales, porque el concepto se ha ganado las críticas. Su base empírica es débil: nació de la observación clínica y etnográfica, no de predicciones contrastadas, y los intentos de operativizarlo en la familia de pacientes esquizofrenicos no lograron reproducir de forma fiable el patrón que la teoría exigía. La literatura de emoción expresada, que sí es cuantitativa, mide otra cosa. Y el uso indiscriminado del término —cualquier contradicción incómoda se declara doble vínculo— vacía un concepto que exige sus cinco condiciones; una orden contradictoria de un desconocido de quien se puede prescindir no es un doble vínculo, es solo una mala orden.

Aun así, la herramienta sigue siendo útil como detector de imposibilidades lógicas disfrazadas de fallo personal. Cuando alguien no actúa en una situación que lo exige, la pregunta madura no es solo qué le falla, sino si la situación le deja alguna conducta correcta disponible. Y cuando la respuesta es que no, el remedio tampoco es psicológico: es cambiar la situación, o salir de ella, lo que la definición misma prohíbe y por eso cuesta tanto.

Ignorancia pluralista – Vinculos (lazos) afectivos (emocionales) (apego) – Autopoiesis (autopoyesis) – Teoría General de Sistemas (Teoría de Sistemas)

Capítulo 13 de 14

Trabajo emocional

Sociología 980 palabras artículo suelto ↗

El trabajo emocional es la gestión de los propios sentimientos exigida por un empleo para producir en el cliente el estado emocional que la empresa considera adecuado. El concepto es de la socióloga estadounidense Arlie Russell Hochschild, que lo desarrolló en The Managed Heart (1983) —antecedente su artículo de 1979 sobre trabajo emocional y reglas del sentimiento— a partir del estudio de las auxiliares de vuelo de Delta Air Lines y de los cobradores de deudas. Su tesis contraintuitiva es doble: la emoción deja de ser un residuo privado del trabajo y pasa a ser parte de lo que se vende —no se paga por atender al pasajero, se paga por sentir, o parecer que se siente, cordialidad hacia él—, y el concepto, para existir, exige un empleador que compre la emoción, condición que su uso corriente ha olvidado.

El andamiaje teórico lo aportó la sociología del interactionismo: Erving Goffman había descrito en 1959 el trabajo de mantener la propia imagen ante una audiencia, y Hochschild tomó del teatro, a través de Stanislavski, la distinción que organiza su análisis. La actuación superficial consiste en exhibir la emoción requerida sin experimentarla: la sonrisa administrada, el tono cálido, la fórmula amable. La actuación profunda consiste en trabajar sobre uno mismo hasta sentirla realmente, evocando recuerdos, reinterpretando la situación o convenciéndose de que el cliente hostil está pasando un mal día. El manual de formación de Delta era explícito al respecto —a las auxiliares se les enseñaba a imaginar la cabina como su propio salón y a los pasajeros como invitados personales—, y ahí está el hallazgo incómodo: la empresa no regula la conducta observable, regula el sentimiento, impone reglas del sentimiento que alcanzan al interior. El coste documentado de esa exigencia es la disonancia emocional sostenida, asociada a agotamiento, despersonalización del cliente y una forma específica de extrañamiento respecto de las propias emociones, que el trabajador acaba percibiendo como falsas también fuera del trabajo. La actuación superficial es la que se relaciona con peores resultados de salud laboral; la profunda protege más, y cuesta más.

El caso concreto mejor documentado viene de la psicología organizacional, con Alicia Grandey como protagonista. En 2000 diseñó una simulación en la que participantes atendían llamadas de clientes, algunos corteses y otros groseros, bajo instrucciones de actuación superficial o profunda: la superficie, sobre todo tras el cliente hostil, elevaba el agotamiento emocional y devaluaba la satisfacción laboral, mientras la profunda amortiguaba ambos. Un metaanálisis posterior, el de Hülsheger y Schewe de 2011 sobre casi un centenar de estudios independientes, confirmó el patrón en el terreno real: la actuación superficial se asocia de forma consistente con agotamiento y despersonalización, y la actuación profunda lo hace con la sensación de eficacia, aunque el efecto protector es menor del que el optimismo de los manuales sugiere.

El concepto tiene un componente de clase y de género que Hochschild subrayó desde el principio. Las ocupaciones intensivas en trabajo emocional están feminizadas y peor pagadas —atención al cliente, enfermería, cuidados, educación infantil, hostelería, atención telefónica—, y en ellas la competencia emocional se trata como atributo natural de la trabajadora, no como cualificación remunerable. El dato salarial existe: Paula England y sus colegas estimaron en 2002, en la revista Social Problems bajo el título «Wages of Virtue», que las ocupaciones de cuidado pagan alrededor de un cinco por ciento menos que otras comparables en cualificación y exigencias, una penalización que persiste al controlar la formación y la experiencia. En el extremo opuesto de la jerarquía la exigencia se invierte: al cobrador de deudas de la propia Hochschild se le entrenaba para producir desconfianza y presión, no calidez. Lo común a ambos casos es que la posición en la jerarquía determina quién debe ajustar sus sentimientos a los de quién; cuanto más abajo, más obligación de gestionar la emoción propia y más obligación de absorber la ajena.

Fotografía en blanco y negro de la azafata Dorothy Webster subiendo la escalerilla de un avión en Queensland, Australia, en 1938
Fig. 1 Dorothy Webster, azafata, subiendo a un avión en Queensland (Australia) en octubre de 1938. Dos décadas antes de que Hochschild estudiara a las auxiliares de vuelo de Delta, la sonrisa de la tripulación de cabina ya era parte del servicio que la compañía vendía.State Library of Queensland, Australia · 1938 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

La difusión del concepto ha traído su desgaste. En el uso corriente, trabajo emocional se emplea hoy para designar cualquier esfuerzo afectivo no reconocido —recordar cumpleaños, sostener el ánimo de la familia, mediar en conflictos domésticos—, un desplazamiento que la propia Hochschild ha criticado por vaciar la definición: lo que caracterizaba al concepto original era la existencia de un empleador que compra la emoción y de unas reglas del sentimiento impuestas por él. El trabajo afectivo no remunerado del hogar es un fenómeno real y estudiado —y feminizado en los hechos—, pero es otro; confundirlos impide ver que el primero es negociable y el segundo no lo es del mismo modo.

Las objeciones son también de medición. Casi toda la evidencia sobre actuación superficial y profunda procede de autoinformes, y medir con un cuestionario si uno finge es complicado incluso para el que finge. Los estudios de laboratorio, como el de Grandey, ganan control y pierden el peso de la jornada completa, con su acumulación de clientes y su amenaza real —despido, evaluación, propinas— que pesa sobre la sonrisa. Y la dicotomía superficial-profunda, útil para diseñar estudios, empasta matices que el trabajo etnográfico sí muestra: hay trabajadores que encuentran en la actuación profunda auténtico placer y sentido, y servicios donde la exigencia emocional es la parte más valorada del oficio.

Aun así, el concepto sigue siendo la herramienta con la que se ve lo que el mercado hace con lo que parecía íntimo. Y su consecuencia práctica es clara: si la emoción es una exigencia del puesto, es negociable como cualquier otra condición laboral, puede figurar en la valoración del trabajo, en la carga horaria y en la prevención de riesgos, y no es una cualidad personal con la que la trabajadora nació. El capítulo que cierra este itinerario, el estrés de rol, toma el mismo argumento un paso más allá: si el malestar es una exigencia del puesto, el remedio tampoco es personal.

Cuidados (concepto) – Socialización laboral – Fuerza de trabajo – Habitus (Pierre Bourdieu) – Doble vínculo

Capítulo 14 de 14

Estrés de rol

Sociología 668 palabras artículo suelto ↗

El estrés de rol es la tensión que produce la posición que una persona ocupa en una organización cuando las expectativas asociadas a esa posición son excesivas, contradictorias o no están claras. La teoría de roles lo descompone en tres fuentes: la sobrecarga de rol, cuando lo que se pide supera el tiempo o la capacidad disponibles; la ambigüedad de rol, cuando no se sabe qué se espera ni con qué criterio se va a juzgar; y el conflicto interrol, cuando dos posiciones que la misma persona ocupa, ser jefe y ser compañero, ser trabajador y ser madre, exigen cosas incompatibles. Es el antecedente mejor documentado del síndrome del trabajador quemado, y lo que lo distingue de otras formas de estrés es dónde sitúa la causa: en el puesto, no en la persona.

El estudio fundacional es el de Robert Kahn y sus colegas de la Universidad de Míchigan, publicado en 1964 con el título de Organizational Stress, que entrevistó a trabajadores y a las personas que les enviaban expectativas, jefes, subordinados y clientes, y mostró que el conflicto y la ambigüedad eran propiedades medibles del conjunto de emisores y no percepciones caprichosas del receptor.

Fotografía en blanco y negro de varias operadoras militares femeninas conectando cables en una gran centralita telefónica durante la Conferencia de Potsdam
Fig. 1 Operadoras del Ejército manejando la centralita telefónica de la Conferencia de Potsdam, julio de 1945. El estrés de rol nace de una geometría así: demasiados emisores, exigencias contradictorias y un tiempo finito, propiedades del puesto y no de la operadora.Autoría desconocida · 1945 · Dominio público · Wikimedia Commons

John Rizzo, Robert House y Sidney Lirtzman construyeron en 1970 las escalas que siguen usándose, y el metaanálisis de Susan Jackson y Randall Schuler de 1985 fijó el balance: la ambigüedad y el conflicto de rol se asocian con fuerza a la insatisfacción, la tensión y la intención de marcharse, y mucho más débilmente al rendimiento, lo que explica por qué una organización puede tener a su gente agotada y sus indicadores en orden durante bastante tiempo.

La conexión con el agotamiento la hicieron Herbert Freudenberger, que describió el burnout en 1974 entre voluntarios de una clínica gratuita, y Christina Maslach, cuyo inventario de 1981 lo mide en tres dimensiones: agotamiento emocional, despersonalización o cinismo hacia las personas a las que se atiende, y sensación de ineficacia. La Organización Mundial de la Salud lo incluyó en 2019 en su clasificación internacional como fenómeno ocupacional, no como enfermedad, con una definición que lo restringe al contexto laboral. Esa restricción es deliberada y tiene su crítica: Renzo Bianchi y sus colegas sostienen desde 2015 que el agotamiento así medido se solapa tanto con la depresión que no está claro que sea otra cosa, y el debate sigue abierto.

Lo que sí está claro es qué características del puesto lo producen. Robert Karasek propuso en 1979 que el daño no lo hace la exigencia por sí sola sino la combinación de exigencia alta y control bajo, la falta de margen para decidir cómo hacer el trabajo, y los estudios Whitehall sobre funcionarios británicos, dirigidos por Michael Marmot, encontraron que el bajo control en el puesto predecía la enfermedad coronaria incluso descontando los hábitos de vida, con más riesgo cuanto más abajo en la jerarquía. Johannes Siegrist añadió en 1996 el desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, y el modelo de demandas y recursos de Arnold Bakker y Evangelia Demerouti, de 2007, integra ambos: cualquier demanda agota si no va acompañada de recursos, autonomía, apoyo, retroalimentación, y los mismos recursos protegen frente a demandas altas.

De ahí la consecuencia que cierra este itinerario. Como el estrés de rol es una propiedad de la posición, sus remedios son organizativos: clarificar expectativas, reducir emisores contradictorios, devolver control sobre el método, ajustar la carga. Los programas que enseñan al trabajador a gestionar su estrés, resiliencia y atención plena incluidos, tienen efectos pequeños y que se disipan cuando el puesto no cambia. El trabajo emocional del capítulo anterior es el caso extremo: una exigencia del rol que se hace pasar por cualidad personal. Y el doble vínculo es el conflicto de rol en su versión más cerrada, aquella en la que no se puede señalar la contradicción ni salir de ella. Conocerse, en este terreno, incluye saber cuándo lo que uno siente como incapacidad propia es una imposibilidad del puesto.

Sobrecarga de rol – Ambigüedad de rol – Conflicto interrol – Trabajo emocional – Doble vínculo

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