Comunidad científica

Qué es la comunidad científica, cómo se organiza (normas de Merton, revisión por pares, colegios invisibles), qué papel le dio Kuhn y por qué su consenso pesa.

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La comunidad científica es el conjunto de las personas que investigan en una disciplina, o en el conjunto de las ciencias, y que comparten una formación, unos métodos, unos problemas y unos cauces para comunicar y evaluar los resultados: revistas, congresos, sociedades, universidades y centros de investigación. No es una institución con sede ni con presidente, y nadie expide el carné; se pertenece a ella por haber sido formado por sus miembros, por publicar donde ellos publican y por someterse a su juicio. Cuando se dice que «la comunidad científica» afirma algo, lo que se quiere decir es que los investigadores competentes en esa materia, tras discutirlo por los cauces habituales, han llegado a un acuerdo que ya no está en disputa entre ellos, aunque lo esté fuera.

La expresión tiene dos fuentes. La primera es la sociología de la ciencia de Robert Merton, que en 1942 describió el ethos de la ciencia como un conjunto de normas que sus miembros interiorizan. El comunalismo manda que los resultados sean propiedad común y se publiquen en lugar de guardarse. El universalismo exige que una afirmación se juzgue por criterios impersonales y no por la raza, la nación o la fama de quien la hace. El desinterés pide que el científico no busque el beneficio propio sino el conocimiento, con la vigilancia de los colegas como garantía. Y el escepticismo organizado somete todo a examen antes de aceptarlo. Merton sabía que las normas se incumplen, y él mismo describió en 1968 el efecto Mateo: los científicos ya reconocidos reciben más crédito por un mismo trabajo que los desconocidos, de modo que la reputación se acumula en pocos, en contra del universalismo. Pero sostenía que las normas existen y funcionan como ideal regulador, y que explican por qué la ciencia produce conocimiento fiable aunque sus practicantes sean tan vanidosos y competitivos como cualquiera.

La segunda fuente es la filosofía de la ciencia, y en particular Thomas Kuhn. En La estructura de las revoluciones científicas (1962) Kuhn sostuvo que lo que define a una ciencia madura es un paradigma, un conjunto de logros ejemplares, teorías, métodos y problemas que una comunidad acepta sin discutir y dentro del cual practica la «ciencia normal». En la posdata de 1969 reconoció que paradigma y comunidad se definían el uno por la otra: un paradigma es lo que comparten los miembros de una comunidad científica, y una comunidad científica es la gente que comparte un paradigma. Las revoluciones científicas son, por eso, cambios de comunidad tanto como de teoría. Kuhn había leído a Ludwik Fleck, un médico polaco que en 1935 describió los colectivos de pensamiento y su «estilo de pensamiento», y que mostró con la historia de la sífilis que un hecho científico es el producto de una comunidad que ha aprendido a ver de cierta manera. Michael Polanyi, químico y filósofo, describió en 1962 la ciencia como una «república»: un orden sin autoridad central en el que cada científico ajusta su trabajo al de los vecinos de su especialidad, y en el que la autoridad del conjunto nace de la cadena de solapamientos entre vecinos. Así, un físico puede confiar en lo que dicen los biólogos sin entenderlo porque confía en los que están en medio.

El funcionamiento práctico de la comunidad descansa en unas pocas instituciones. La publicación en revistas con revisión por pares, en la que otros especialistas, normalmente anónimos, examinan un trabajo antes de que aparezca; el sistema nace con las primeras revistas científicas, las Philosophical Transactions de la Royal Society desde 1665, y se generaliza en el siglo XX. Las sociedades científicas y los congresos, donde se presenta lo que aún no está publicado y se forman las alianzas. La formación por doctorado, en la que un investigador establecido transmite a otro no solo conocimientos sino el oficio, incluida la parte que no está en los libros. Y la citación, por la que cada trabajo reconoce de qué otros depende, y que permite medir la influencia y reconstruir las redes. Derek de Solla Price mostró en 1963 que la ciencia crecía exponencialmente, duplicando el número de artículos cada quince años, y que la comunidad de cada especialidad se organizaba en colegios invisibles, grupos de unos cien investigadores que se leen, se citan y se encuentran entre sí; Diana Crane los estudió empíricamente en 1972. Hoy la comunidad científica mundial cuenta, según la UNESCO, cerca de nueve millones de investigadores, y una especialidad es a menudo un colegio invisible de unas decenas de personas que se conocen todas.

Los estudios sociales de la ciencia de los años setenta y ochenta miraron a esa comunidad desde dentro, con los métodos de la antropología. Bruno Latour y Steve Woolgar pasaron dos años en un laboratorio de California y describieron en La vida en el laboratorio (1979) cómo un hecho científico se fabrica: cómo una afirmación va perdiendo las marcas de su origen, «el doctor X sugiere que», «se ha observado que», hasta convertirse en un dato sin autor que los demás usan como si siempre hubiera estado ahí. Para los críticos, esto mostraba que la ciencia es una construcción social como cualquier otra; para los propios autores y para quienes les siguieron, mostraba más bien cómo funciona el mecanismo colectivo que convierte observaciones en conocimiento, y por qué es más fiable que la observación individual.

Esa es también la respuesta a la pregunta de por qué fiarse de la comunidad científica. Naomi Oreskes ha argumentado que la autoridad de la ciencia no está en un método infalible, que no existe, ni en la honradez de los científicos, que es variable, sino en el carácter social de su crítica: una afirmación que ha sobrevivido al examen de una comunidad diversa, con incentivos para encontrar errores, merece más confianza que la que no ha pasado por él. De ahí que el consenso científico, cuando existe, pese tanto en cuestiones como el cambio climático o las vacunas, y de ahí también sus límites: la comunidad se ha equivocado colectivamente, ha tardado en aceptar ideas correctas, de la deriva continental a la causa bacteriana de la úlcera, y es tan vulnerable a los intereses económicos y a la presión política como cualquier otra. La comunidad científica no es la verdad; es el mejor procedimiento conocido para acercarse a ella y para corregirse cuando se aleja.

Comunidad intelectual – Conocimiento científico – Línea de investigación – Grupo de investigación – El factor de impacto – Paradigma de investigación

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Fuentes

  1. Ludwik FleckLa génesis y el desarrollo de un hecho científicoBenno Schwabe, Basilea (trad. Alianza, Madrid, 1986)1935
  2. Robert K. MertonLa estructura normativa de la cienciaEn La sociología de la ciencia, Alianza, Madrid, 1977 (publicado originalmente en 1942)1942
  3. Michael PolanyiThe Republic of Science: its political and economic theoryMinerva 1 (1), 54-731962enlace
  4. Thomas S. KuhnLa estructura de las revoluciones científicasUniversity of Chicago Press (trad. Fondo de Cultura Económica, México, 1971; posdata de 1969)1962
  5. Derek J. de Solla PriceHacia una ciencia de la cienciaColumbia University Press, Nueva York (trad. Ariel, Barcelona, 1973)1963
  6. Robert K. MertonThe Matthew effect in scienceScience 159 (3810), 56-631968enlace
  7. Diana CraneInvisible Colleges: Diffusion of Knowledge in Scientific CommunitiesUniversity of Chicago Press1972
  8. Bruno Latour y Steve WoolgarLa vida en el laboratorio: la construcción de los hechos científicosSage, Beverly Hills (trad. Alianza, Madrid, 1995)1979
  9. Naomi OreskesWhy Trust Science?Princeton University Press2019
Sarasola, Josemari (2023). "Comunidad científica". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/comunidad-cientifica/

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