La inflación de demanda y la inflación de oferta son las dos grandes explicaciones de por qué sube el nivel general de precios. En la primera, los precios suben porque el gasto total de la economía crece más deprisa que la capacidad de producir bienes y servicios. En la segunda, suben porque aumentan los costes de producción y las empresas los trasladan a los precios. Distinguirlas no es un ejercicio académico: cada una exige una respuesta de política económica distinta.
Hay inflación de demanda cuando la demanda agregada, la suma del consumo, la inversión, el gasto público y las exportaciones netas, supera lo que la economía puede producir con sus recursos. Si la producción no puede aumentar al mismo ritmo, el exceso de gasto se traduce en precios más altos: «demasiado dinero persiguiendo a muy pocos bienes». Sus causas típicas son una expansión rápida del crédito, una política monetaria muy laxa, un aumento fuerte del gasto público o un auge de las exportaciones. Suele aparecer en fases de crecimiento intenso, con paro bajo, y va acompañada de un aumento de la producción y del empleo. La respuesta clásica es enfriar la demanda: subir los tipos de interés, que encarecen el crédito, o reducir el déficit público.
Hay inflación de oferta o inflación de costes cuando suben los costes de producción, como las materias primas, la energía o los salarios por encima de la productividad, y las empresas trasladan esos aumentos a los precios para mantener sus márgenes. El ejemplo histórico son las crisis del petróleo de 1973 y 1979, en las que el precio del crudo se multiplicó y, con él, los costes de casi todos los sectores. A diferencia de la de demanda, la inflación de oferta suele coincidir con una caída de la producción y del empleo, porque producir se ha vuelto más caro. Esa combinación de inflación y estancamiento se llamó estanflación, y puso en crisis la idea, resumida en la curva de Phillips, de que más inflación iba siempre con menos paro.
La inflación de oferta plantea un dilema a los bancos centrales. Si suben los tipos para frenar los precios, agravan la caída de la actividad; si no lo hacen, corren el riesgo de que la subida inicial se convierta en una espiral precios-salarios: los trabajadores piden aumentos para compensar la pérdida de poder adquisitivo, las empresas suben precios para cubrir los salarios, y la inflación se realimenta. Lo que temen los bancos centrales son esos efectos de segunda ronda y que se desanclen las expectativas de inflación.
En la práctica, los episodios inflacionarios suelen mezclar ambos tipos. La inflación de 2021-2023 en Europa empezó con un choque de oferta, por los cuellos de botella en las cadenas de suministro tras la pandemia y la subida del gas y la electricidad con la invasión rusa de Ucrania, y se sumó a una demanda reforzada por el ahorro acumulado y los estímulos públicos. En octubre de 2022 la inflación de la zona euro alcanzó el 10,6 %, la más alta desde la creación del euro, y el Banco Central Europeo respondió con la subida de tipos más rápida de su historia.
Inflación subyacente – Inflación de costes – Inflación residual – Efectos de segunda ronda