La composición fotográfica es la organización de los elementos de una escena dentro del cuadro: qué entra y qué se deja fuera, dónde se sitúa cada cosa y qué relación guarda con las demás y con los bordes. A diferencia del pintor, el fotógrafo no puede colocar los objetos a voluntad, salvo en el estudio. Compone eligiendo el punto de vista, la distancia focal, el encuadre y el momento del disparo. Casi todo el vocabulario lo heredó de la pintura y del grabado, y casi todas sus «reglas» son descripciones de lo que suele funcionar más que normas.
La más citada es la regla de los tercios: dividir el cuadro en tres partes iguales en horizontal y en vertical, y situar los elementos importantes sobre esas líneas o sus cruces. La formuló el grabador John Thomas Smith en 1797, a propósito de la proporción entre luces y sombras en un paisaje, y la fotografía la adoptó como receta. Su utilidad real es más modesta que su fama. Sirve sobre todo para sacar al sujeto del centro y al horizonte de la mitad exacta, dos posiciones que tienden a partir la imagen en dos. El centro no está prohibido. La composición axial, simétrica, es la de los retratos de frente, la de la arquitectura monumental y la de buena parte de la obra de Wes Anderson o de los Becher.
Más que la posición de un punto, lo que organiza una imagen es el recorrido de la mirada. El ojo va primero a lo que más contrasta: lo más claro, lo más nítido, lo más saturado, una cara o un texto. Desde ahí sigue las líneas que encuentra. Un camino, una barandilla o la dirección en que mira un personaje conducen la vista hacia otro punto o hacia fuera del cuadro. Por eso se suele dejar más espacio delante de un sujeto que mira o se mueve que detrás de él: el hueco anticipa la dirección del gesto. Las diagonales transmiten movimiento y tensión, las horizontales reposo, y las verticales altura o rigidez, pero el efecto depende del conjunto y no de la línea aislada.
El equilibrio es la manera en que se reparte el peso visual. Una masa oscura pesa más que una clara, un objeto pequeño y aislado puede compensar uno grande, y un rostro pesa casi siempre más que cualquier otra cosa del mismo tamaño. Una composición puede estar equilibrada sin ser simétrica, o desequilibrarse a propósito para producir inquietud. El espacio negativo, las zonas vacías de cielo, pared o agua, forma parte de ese reparto: aísla al sujeto y le da escala.
La composición también se resuelve en profundidad, no solo en la superficie. Un primer plano que enmarca, una zona media donde ocurre la acción y un fondo que la sitúa dan a la fotografía tres capas que el ojo recorre. La profundidad de campo decide cuáles de ellas se leen nítidas, y la distancia focal decide cuánto se comprimen o se separan. Repetir formas (ventanas, columnas, filas de sillas) crea ritmo, y romper la repetición con un solo elemento distinto es una de las maneras más fiables de señalar al sujeto.
Henri Cartier-Bresson sostenía que la composición no se aplica después de mirar, sino en el mismo acto de mirar, y que la geometría y el instante decisivo llegan a la vez. Las reglas sirven para analizar una fotografía que funciona o para corregir una que no; en el momento del disparo, rara vez hay tiempo de consultarlas.
Instante decisivo – Regla de los tercios – Composición axial – Distancia focal