
El sector secundario, sector industrial o sector de transformación es el sector económico o conjunto de actividades económicas que transforman materias primas en productos que se utilizan en otros procesos productivos o se destinan al consumo final de familias. Lo distingue del sector primario —que extrae recursos naturales— precisamente el procesamiento que sufren esos recursos: el trigo se convierte en harina y pan, el mineral de hierro en acero, la madera en muebles, el petróleo en plásticos y combustibles.
Dentro del sector secundario se distinguen, en base a sus procesos de producción o al producto que generan, varios tipos de actividad. La artesanía, la más antigua, produce bienes a pequeña escala con técnicas manuales; la construcción edifica inmuebles, del edificio residencial al puente o al túnel; la producción de energía —centrales eléctricas, refinerías— transforma recursos energéticos en electricidad y combustibles utilizables, y las manufacturas comprenden la industria propiamente dicha, desde la alimentaria o textil hasta la química, la metalúrgica o la del automóvil. Las manufacturas se suelen clasificar, además, según el destino del producto —bienes de consumo o bienes de equipo— y según los recursos que consumen en mayor proporción, lo que da lugar a industrias intensivas en trabajo, en capital o en energía, como la industria metalúrgica.
A partir de la Revolución Industrial, el sector secundario fue adquiriendo un peso cada vez mayor en la economía. Iniciada en la Manchester de finales del siglo XVIII con la mecanización de la hilandería, la industrialización se propagó con la segunda revolución industrial del siglo XIX —la acería de Bessemer, la electricidad, el ferrocarril— y permitió que las economías se desarrollaran, mejorando al mismo tiempo el nivel de vida de la población, aunque acarreando problemas sociales y medioambientales importantes: jornadas interminables en las fábricas, contaminación de aires y ríos, explotación infantil. El desarrollo urbano durante los siglos XIX y XX se debió en gran medida al fenómeno de concentración de industrias alrededor de núcleos de población, con ejemplos como el Ruhr alemán, Pittsburgh en Estados Unidos o el cinturón industrial del Gran Bilbao. Los polígonos industriales ordenaron después esa expansión.
En el siglo XX la manufactura alcanzó su apogeo como empleador y se industrializaron países que hasta entonces exportaban materias primas; la tercera revolución industrial introdujo la electrónica y la automatización en la cadena de producción. A partir de la segunda mitad del siglo XX, en los países más industrializados y al mismo tiempo avanzados económicamente se produjo un proceso de transformación económica —la terciarización— en el que la actividad industrial fue perdiendo peso en favor del desarrollo del sector terciario. Las fábricas se deslocalizaron hacia países con mano de obra más barata, y las economías avanzadas se encaminaron hacia la sociedad postindustrial, en la que el empleo industrial se concentra en segmentos de alto valor añadido. En paralelo, el reto ambiental —emisiones de carbono, residuos, consumo de energía— obliga hoy a repensar la producción industrial hacia procesos circulares.